Reencuentros para continuar

El 25 de noviembre de este año, Bitácora de vuelos Ediciones publicará una antología de testimonios y relatos sobre la violencia contra las mujeres. Ahí se encuentra un testimonio de mi autoría. Esta fue la primera vez que relaté lo que viví en carne propia en una relación de pareja que se tornó la experiencia más violenta de mi vida. Decidí escribir porque una entrañable amiga me animó a hacerlo.

Debo confesar que durante esa escritura me sentí, en repetidas ocasiones, muy avergonzada por todo lo relatado. Una sensación ambivalente me acompañó todo ese tiempo. Creo que sigo sintiéndola, aunque ahora con menor intensidad. Confesarnos vulnerables y vulneradas también nos deja expuestas.

El día en que decidí participar en esa antología mencioné que el proceso por el que atravesé no ha acabado, sino que continúa y quizá continuará mucho tiempo más. De eso he estado consciente desde tiempo atrás, sin embargo, con esta nota quiero compartir lo que se sucedió hace unos días.

Caminaba por mi barrio en compañía de un muy cercano amigo, Javier. Debo decir que su acompañamiento en esta etapa del “tránsito” como le llamó yo, ha sido muy reveladora y edificante. Entre nuestras charlas y caminatas decidimos también ir a cenar unos tacos, así que enfilamos a mi puesto favorito del barrio.

Comíamos y charlábamos. El puesto estaba lleno de gente y todo parecía cotidiano y agradable. En eso se me acercó una mujer y me preguntó: “¿tú eres Aída?”. Respondí con una cara de asombro y un simple “sí”. No tenía idea de quién era. No pensé que la hubiese visto en otro sitio. Me pidió unos minutos para charlar algo urgente. Yo le dije a mi acompañante que me esperara un poco, que iría a charlar con ella, aunque no sabía de quien se trataba.

Cuando estuvimos aparte me dijo: “Tal vez tú no me conozcas, pero yo sí sé quién eres”. Mi cara de asombro no podía ser más grande. Estoy segura de que no pude disimular mi intriga. Ella continuó hablando y agregó: “Yo soy la mujer con quien tu ex empezó a vivir cuando te dejó”.

Después de esa declaración sólo atiné a decir “ah, entiendo”. Y el frío me invadió todo el cuerpo. No era miedo hacia ella, sino que ese personaje de mi historia a quien me había esforzado por dejar atrás con tanto esmero estaba, de alguna manera, regresando a mi presente.

Ella comenzó a contarme muchísimas cosas sobre su experiencia con él, todo lo que sufrió y cómo la maltrataba. Se dijo a sí misma tantas veces lo tonta que había sido, lo mal que se sentía consigo misma, lo asombrada que estaba por todo lo ocurrido, lo mucho que necesitaba disculparse conmigo.

Durante su plática la escuché atentamente. En sus ojos reconocí la misma mirada que yo tenía apenas un par de años atrás. Se encontraba desencajada, con una tremenda necesidad de hablar, de contarme los detalles, de no sentirse una loca y que todo lo que había pasado estaba únicamente en su cabeza. Yo conozco muy bien esa sensación.

Escuchar el maltrato que ella vivió no me dio gusto. Realmente me sentí mal por ella porque yo supe desde el principio que mi ex, como todo depredador, también a ella la convertiría en su presa, también arrasaría con ella de todas las maneras que pudiera hacerlo.

En su relato encontré cada una de las cosas que yo viví. Noté también la misma rabia que yo sentí. Cada una de las palabras con las que él me acusaba de “puta”, de no saber ser mujer, de no tener la capacidad para amar… fueron las mismas con las que la maltrató a ella.

Situaciones imaginarias para justificar su maltrato, la invención de toda una conspiración para embaucarlo, para “faltarle al respeto”, las noches interminables de insultos por mensajes, por redes sociales, por teléfono. Todo parecía salir del “Manual del maltratador” que lo acompaña porque fue exactamente igual con ella que conmigo. Mi miedo fue también el miedo de ella. Mi insomnio también fue el de ella.

Supe de primera mano el dolor de esa mujer. No necesitaba explicarme porque yo había estado en el mismo infierno que ella visitó. Traté de no agregar mucho, sentí que era mucho mejor que ella tuviera un espacio para hablar y soltar todo eso sin ser juzgada.

Me dijo que ahora ella tenía la certeza de que yo no había sido el monstruo que él le platicó, que yo, como ella, había sido casi devorada por él. Me dijo también estar apenada por creerle sus mentiras. Intentó indagar un poco sobre mí y al hacerlo se dio cuenta de que su escenario no había sido el único, tampoco el primero.

Al terminar de hablar le dije que se sintiera liberada, que yo jamás la había juzgado, que nunca ella habría sido objeto de mi furia o de mi resentimiento y que tampoco estaba loca. Que todo eso que vivió no estaba en su cabeza, que ella no había fallado, que no es quien él intentó hacerla creer que es. Me despedí de ella con un enorme y sincero abrazo; le aseguré que estaría bien porque su exorcismo ya había empezado.

Regresé con Javier y él me preguntó qué había pasado. Solo pude decirle que había presenciado un pequeño, pero muy significativo momento de verdades; verdades de esas que nos hacen libres.

Después de aquello no podía dejar de temblar. Sentí que al abrazarla a ella me estaba abrazando a mí misma, a una parte de mi pasado y yo también me sentí liberada. Sé que hay otras mujeres que me han apoyado durante mi tránsito, pero ninguna de ellas había habitado las oscuridades que yo habité. Por eso, ahora sí, estoy plenamente segura de que nunca estuve loca, y con esto inevitablemente sentí que la vida me había regalado un poco de justicia.

Me hubiera gustado estar preparada para un momento como este. Hubiera querido decirle cada detalle sobre lo que vendrá en su proceso de sanación, también que no está sola, que la sensación de soledad, que no es más que un espejismo, nos lleva a tomar decisiones que nos cuestan un trozo de corazón y a veces, la vida misma.

Ahora mismo sólo sé que honro su valentía, que le agradezco este regalo que me ha dado, y que deseo que pueda, al igual que yo, reencontrarse para continuar.

Siendo mamá

Hace unos días, mientras volvía del trabajo, recibí un mensaje de mi hija que decía: “mamá, me quedo a dormir con mis primas. Te amo”. No se trataba de la solicitud de un permiso, ni de la idea que debiéramos discutir para llegar a un acuerdo. Se trató enteramente del anuncio de una decisión que ella había tomado. En mi indagatoria sobre la razón de esa idea, me comunicó que quería hacer una “noche de primas” donde cenarían, verían películas y platicarían de cosas cotidianas de su escuela. Ante tal situación solo me quedó decirle que la amaba, que se portara bien y que estaría pendiente por si requería algo.

            El resto del camino a casa no paré de preguntarme en silencio: “y, ¿ahora qué hago?”. A partir de esa pregunta empecé a reflexionar sobre esto que, seguramente, empezará a ser cada vez más frecuente. La conquista de su libertad es un hecho que celebro, aunque me resulta inevitable pensar que su libertad también representa para mí la sensación de vacío que debo atender y reflexionar sobre ella.

            Como mamá en soltería, en todo momento me pareció necesario que, en cualquier decisión que tomara, debía incluirla a ella; debía pensar en las consecuencias que también impactarían en ella y no solamente en mí.

            Por estas razones decidí enfocarme en la búsqueda de desarrollo personal, profesional y laboral. Siempre pensando en su beneficio y en la influencia que en ella tendrían en el futuro. Ante esta perspectiva, comencé a construirme como la mujer fuerte e independiente que me gustaría que ella fuera en el futuro. Todo esto marchaba de maravilla. Cada momento en que salía de casa para tomar un café con las amigas, era con la plena conciencia de regresar temprano a casa para cenar con ella, para verla, contarle un cuento antes de dormir o planear nuestra próxima salida juntas, para compartirle cómo me fue en el día.

            Mi vida la construí para mí, aunque alrededor de ella. Incluso, después de una experiencia desagradable, decidí no tener novios que llegaran a casa porque, en caso de que esa relación no funcionara, no quería que mis pérdidas también fueran las de ella.

            Ahora, en su adolescencia, este método no me estaba resultando tan eficaz como antes. La llegada de una noche “libre” inesperada para mí, me dejó en una encrucijada: tengo tiempo para ver una película cómodamente en casa, para cenar con alguna amiga o amigo, para hacer esas pequeñas cosas que he ido dejando relegadas por la “prisa” cotidiana, para ir de compras, leer un libro… Y así fue. El primer viernes que eso sucedió, me fui a cenar sola y regresé a mirar películas. El siguiente viernes, me apliqué algunas mascarillas, avancé con algunos proyectos académicos míos, escribí un poco en mi libreta de ideas que algún día serán libros; el tercer viernes que esto sucedió, acepté la invitación de un pretendiente para salir a cenar… pero el tremendo vacío en mi interior no se disipaba.

            Aún ahora, que ya han pasado más viernes de películas, continúo buscando la forma de lidiar con ese sentimiento de pérdida que me habita desde entonces. ¿Por qué me siento así? Siempre he disfrutado los momentos a solas, muchas veces los he buscado y propiciado… pero ahora que son decisiones de ella es que me dejan una sensación tan agridulce.

            Por esta razón me propuse ir profundo para entender las causas de esta sensación. Si bien se trata de un proceso de reflexión que tal vez no acabe en una tarde, he pensado que se trata de evolución. Es decir, las estrategias que, durante años quizá, me ayudaron a vivir mi maternidad en soltería, deben evolucionar porque mi hija está creciendo. Ella no se quedó estática y parte de la independencia y fuerza que le enseñé, ya está manifestándose. Ahora, la siguiente etapa es resolver cómo hago yo para transitar a otras formas de estar presente con ella, sin robarle sus pequeñas conquistas en lo que respecta a su independencia.

            Sin darle muchas vueltas más al asunto, la solución es regresar al origen; o sea, regresar a mí misma, buscarme, procurar mi mundo interior y exterior, re-explorar las formas que me hacen disfrutar la vida y agregar otras más. ¿Y cómo lo logro? Esa es una respuesta que iré construyendo y que, por ahora dejaré pendiente; es también un proceso que debo transitar, es necesario; por lo pronto, he decidido que las próximas veces en las que ella elija sus actividades fuera de casa, iniciaré la escritura de un libro que ha estado rondando mi cabeza. Y, al mismo tiempo, me sentiré orgullosa porque está ejercitando aquello que con tanto ahínco le quise enseñar desde su tierna infancia.  

Mis días en la prisión, el rock y algunas reflexiones sociológicas al respecto

Escribo de la prisión, con ella anidada en el corazón.
Escribo de ella y para ella. Para ellos, quienes la habitan.

Desde hace un mes he tenido la posibilidad de incursionar en la docencia en reclusión. En la Ciudad de México únicamente existe un programa de educación superior en centros de reclusión. Pertenezco a esos pocos individuos que van de una prisión a otra impartiendo algunas materias de la licenciatura en Derecho; una de las más demandadas, por obvias razones, en estos centros. Desde el primer día que ingresé, lo hice con todo en contra. No estaba listo mi oficio de ingreso, no logré contactarme con el responsable del programa quien se suponía me acompañaría durante las primeras tres o cuatro clases, no tenía material de apoyo, y cuando estaba a punto de retirarme a casa y reportar los tropiezos que impidieron mi entrada, recordé porqué estoy en este proyecto, cuál es mi propósito y la naturaleza de mi ejercicio docente. Así que hablé con cada guardia disponible, ellos a su vez preguntaron a través de sus radios para preguntar si existía tal oficio, quién lo tenía y si mi nombre se encontraba en la lista. Durante la espera llegó una mujer a quien escuché decir que también ingresaba al centro escolar del reclusorio. Justo cuando ella estaba por entrar, me dieron la noticia de que podía entrar porque, efectivamente, mi nombre apareció en un oficio que informaba mi ingreso al plantel para impartir una materia. Me acerqué a la mujer y le pregunté si podía irme con ella. Ella accedió gustosa y me guió durante el trayecto; me explicó el “teje y maneje” del acceso, el camino, los tips para agilizar el ingreso, etc. también me contó que era docente de primaria y secundaria y que ese era su último día en el “reclu norte”. Agradecí profundamente que hubiera estado ahí. Llegamos hasta lo que se conoce como “el kilómetro”, un pasillo que conecta todas las áreas del penal y que mide justamente eso. Al inicio del pasillo, unos cuantos reclusos me llamaron por mi nombre y se presentaron con toda propiedad y respeto. Me informaron que eran mis alumnos y que estarían cuidando mi ingreso y salida a ese pasillo durante todo el semestre. Después de un considerable retraso, inicié la clase.

Mi cosa favorita en el mundo, lo que más me maravilla, lo que amo y siento como una frazada en la piel cubriéndome en invierno, es lo que sé enseñar. El lenguaje para mí ha sido, a lo largo de mi vida, refugio, inspiración, evolución, sostén. Así que llego a todas las clases que imparto con la firme convicción de hacer lo mejor posible y de no claudicar. Entonces, inicié la explicación sobre la materia, para qué sirve, por qué es importante reflexionar sobre el lenguaje, cómo es que funcionaremos en grupo para cumplir con las evaluaciones que nos pide el programa, etc. El tiempo de la sesión pasó como agua y yo no me di cuenta. Uno de ellos me indicó que era la hora en la que debía iniciar el proceso de salida y pasar por todos los controles indicados. También me dijo, “no es que quiera que su clase termine, pero es que después de las seis, salir del reclusorio se hace un proceso casi imposible”. Rápidamente cerré el tema, levanté mis cosas y me despedí de ellos.

                Las siguientes sesiones hemos transcurrido sin ningún tipo de percance. Ingreso cada semana al penal con emoción porque sé que encontraré un grupo de más de veinte hombres que están esperando para debatir el tema, para hacer preguntas y resolver sus dudas, para entregarme sus trabajos pendientes, para conocer y saber más sobre el lenguaje, para pensar, entre todos, el mundo de afuera, desde dentro. Nunca, en mis doce años como docente, me había topado con un grupo tan entusiasmado por su aprendizaje, tan involucrado con lo que estudian; pero también es cierto que su situación no es la común de un educando; agradezco profundamente tenerlos como alumnos.

                Sé que, para muchos, la educación en reclusión resulta innecesaria, una actividad que “les da” una tajada más grande del erario a la “escoria” que se encuentra en las prisiones. Sin embargo, la educación es un derecho constitucional que no se puede negar a nadie por duro que esto nos resulte, por mucho que nos pese aceptarlo como sociedad. Y para quienes amamos el papel de la docencia y lo tenemos como convicción, debemos no solamente defenderlo, sino asumirlo de manera activa, haciendo llegar a quienes quieren educarse, todo lo necesario para que puedan lograrlo.

                Marc de Maeyer, fundador de la División de Estudios Carcelarios de la Unesco, en una interesante entrevista realizada por David Amaya Alfonso, mencionó que una de las formas en las que podemos incidir de manera positiva en las poblaciones en reclusión es a través de la educación, pero no solamente desde la educación de aulas, sino desde todos los espacios de la vida cotidiana. Percibe a la educación no como un medio para cambiarlos, sino como un procedo de aprendizaje; no asumir que quienes estamos “afuera”, tenemos cierta superioridad moral y con base en ella podremos cambiar a los presos. El reto está en que sea la educación su medio para aprender a aprender, para la apertura mental, para alterar el estado del conocimiento que tenían antes de llegar a la prisión y quizá, como mencionaba Paulo Freire en La pedagogía del oprimido, detonar un proceso de liberación[1] a través del propio reconocimiento de su situación actual.

En estos días he recordado mucho una playera que un primo hermano mío usaba con frecuencia pese a las críticas de sus padres y de la familia en general. Su prenda favorita era blanca y decía con letras grandes y negras: Somos el producto de la sociedad. Y firmemente creo que la gente en reclusión es justamente el producto de nuestra sociedad y que los de afuera no estamos libres de ninguna culpa o responsabilidad al respecto. Mi manera de honrar la memoria de mi primo es haciendo la parte que me toca no solamente dentro de un campus universitario, sino dentro de la prisión. A las pocas personas que les he contado de mis clases en el RENO les asombra y me hacen preguntas como ¿no te da miedo, cómo le haces, no te dicen cosas horribles? O expresan su sorpresa con la típica frase ¡qué loca! Y eso también me hace reflexionar sobre qué es aquello que nos hace sentirnos humanos y negarle esa misma condición de humanos a otros; y sobre la doble moral con la que juzgamos a unos y nos disculpamos a nosotros mismos.

¿Qué nos separa de un recluso? Desde mi perspectiva lo único que nos hace distintos es cuestión de tiempo. Pienso en las mujeres que hemos vivido violencia de género en casa, en las veces que defenderse se percibe como cosa de vida o muerte. También pienso en quienes han perdido a sus hijos por algún hecho violento y las ganas que, humanamente, tendrán de acabar con la vida de quién mató, desapareció, ultrajó a sus hijos e hijas.

Pienso también en la creciente violencia que vemos cada día en el transporte público, en las avenidas, en las escuelas. La violencia normalizada en los actos cotidianos, en los pensamientos diarios de tantas y tantas personas. Tan solo hay que asomarse a los comentarios en las noticias de los periódicos en línea o las reacciones de los usuarios de redes sociales con respecto a casi cualquier tema. Vivimos en una sociedad de potenciales homicidas, tan es así que el CIESAS (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social), acaba de anunciar un estudio sobre la relación entre los discursos de odio (misóginos) en las redes sociales y la incidencia, en este caso específico, de feminicidios en cada entidad federativa del país[2].

Ese pensamiento cotidiano reflejado en el lenguaje es la manifestación de una violencia que está ahí y que crece a diario, aunque queramos mirar hacia otro lado. Así que no estamos alejados de ser como ellos, los de adentro.

Seguramente habrá muchos que dirán, con una enorme suficiencia moral, que no son iguales a un preso. Ese pensamiento con el que se arrebata la calidad de ser humano a otro es, en sí mismo, un hecho violento y una incitación al odio. Paul B Preciado, filósofo español, dice que cuando alguien no percibe socialmente la violencia es porque la está ejerciendo y porque sus propios privilegios le impiden mirarla[3].

Como buena rockera, me viene a la mente una canción que puede ser el perfecto soundtrack para esta reflexión, “Él no lo mató”[4], de Luis Álvarez, el Haragán mayor, donde narra la breve vida de un chico de diecisiete años que es asesinado en su primer asalto y donde el cantante reflexiona que no lo mató un policía, sino el sistema, la estructura en la que vivimos, su contexto…o en palabras de Bourdieu, su muerte fue producto de la reproducción social en la que estamos inmersos y que perpetúa que la realidad sea como la conocemos, que asegura la continuidad del establishment.

Es así como, cada viernes, me presento muy agradecida de poder servirles a ellos, quienes, a través de su propia educación, me permiten vivir en servicio. Ellos no son “los otros”, son quienes son, con su historia, con su precio a pagar por sus elecciones y eso aplica para cualquier persona, ya sea que habite dentro o fuera de un penal. También me permiten estar en servicio y reconocer mi condición de clase, misma que tampoco me aleja de ellos, por el contrario. Me asumo como parte de la clase trabajadora que, como es común en esta estructura, es la más vulnerable tanto a padecer la violencia como a la reproducción de esta. No hay que olvidar que el sistema judicial mexicano deja mucho que desear en cuanto a la transparencia de sus procesos; es sabido que la justicia tiene un precio alto, que se encuentra al alcance de los que pueden pagarla. Pensemos en los casos donde los ricos y poderosos han pisado una prisión y en cómo las condiciones sociales no son las mismas para ellos que para la población restante. Políticos, narcotraficantes o personajes famosos no sienten “el peso de la ley” del mismo modo. Elba Esther Gordillo y su supuesto arresto, privilegiado en cada paso en todos los sentidos; Raúl Salinas de Gortari y su posterior liberación mal maquillada como parte de un trato político; Sandra Ávila Beltrán (La Reina del Pacífico) y sus celdas tipo resort en las que fue prisionera, etc. por tales motivos no me fiaría del pensar popular que dice “por algo estarán en la cárcel”, porque se ha demostrado a lo largo de la historia de las prisiones en México y en el mundo, que hay muchos inocentes adentro y un sinnúmero de culpables fuera de ellas. Fiodor Dostoievski decía que “el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”. Este escritor narró su experiencia en reclusión en Siberia y señala que los horrores de la prisión no son el medio necesario para la reinserción social que, supuestamente, tienen como misión las cárceles. Son, por el contrario, un caldo de cultivo para la degradación humana. Involucrarnos en el resultado que exigimos de ellas implica la congruencia de nuestros pensamientos al hablar de las prisiones. ¿Cómo exigirle a un preso que “aprenda la lección” cuando se le niegan las condiciones humanas necesarias para la vida y, por en ende, para el aprendizaje y la educación?

Cuando imparto mis clases, me dirijo a los reclusos como “compañeros”, igual que a los alumnos que atiendo en el plantel universitario, porque estamos juntos en la elección de aprender y enseñar, con cada día de escuela, en cada espacio de la vida cotidiana. Este texto es únicamente parte de la reflexión constante que me acompaña en mi labor académica, seguramente hay mucho más que decir y que analizar al respecto. Por lo pronto, aseguro que escribiré más sobre esta experiencia que ya puedo sentir como una de las más nutritivas en mi vida.


[1] Menciono la liberación como la ruptura de las estructuras mentales que hacen que los modelos sociales se reproduzcan tal y como los describe Bourdieu en su Teoría de la reproducción social.

[2] https://invdes.com.mx/ciencia-ms/cientificos-mexicanos-investigan-la-misoginia-a-traves-de-twitter-para-abatir-feminicidios/

[3] https://www.pagina12.com.ar/202789-me-di-cuenta-de-que-cuando-socialmente-no-percibes-la-violen

[4] https://www.youtube.com/watch?v=BIzPU2OrOk0

Inventario

La taza. El mantel individual sobre la mesa. El encendedor, el cigarrillo.  El silencio. Hago un recuento del instante en el que estoy. Del presente. Mi presente. Intento centrarme en el teclado para continuar el inventario, pero el silencio se rompe con los gritos del gasero. El presente tiene como cualidad que nunca permanece. Se esfuma y dura apenas un suspiro. ¿Qué cabe entonces en el presente? ¿Siquiera un pensamiento?

Me siento a tejer y mi presente se hace un poco de estambre enlazado a unas agujas; en cada presente se hace una puntada; las puntadas se suman hasta formar una sección de una bufanda. El presente se hace una sumatoria y se convierte en pasado. Mi bufanda será pasado representado por las puntadas que mi abuela me enseñó. ¿Cómo vivir en el presente?

                Hace unas semanas leía sobre la importancia de disfrutar el presente. La lectura ponía ejemplos que me parecieron muy claros. Señalaba que continuamente vivimos pensando en lo que vendrá o que permanecemos atorados en lo que fue. Recordamos constantemente lo que nos duele, lo que no hicimos bien, lo felices que fuimos antes. Hacemos planes para el futuro, para comer algo delicioso el fin de semana, para las vacaciones que se aproximan. En ambos ejemplos no se encuentra el presente ahí. El pasado o el futuro nos atrapan. El presente se esfuma mientras permanecemos embelesados en lo que no existe. No existe el pasado porque ya no está. Tampoco el futuro porque no ha sido aún. Sin embargo, disfrutar del presente se torna complejo cuando la vida misma exige que el futuro sea atendido mediante proyecciones, cálculos, prospectivas que nos permitan organizar la compra en el supermercado, darle tiempo a la diversión, entregar una propuesta de trabajo, administrar los ingresos monetarios o planear las citas médicas.

¿Cómo vivir el presente cuando el futuro es donde se encuentran las respuestas? O eso es lo que nos dice todo el mundo. Los médicos, por ejemplo, toman muestras de sangre y las envían a examinar para, en el futuro, dar un diagnóstico o una hipótesis sobre el padecimiento. Los tratamientos se ingieren, se aplican, se siguen al pie de la letra y es en el futuro cuando se sabrá si han funcionado, si han sido efectivos, si salvarán al paciente. Específicamente en un trance médico es cuando el presente se hace el instante más difícil de atisbar. La espera del diagnóstico es lo que más hace viajar al futuro o indagar en el pasado sobre cualquier indicio que se dejó pasar; o buscar, también en el pasado, al responsable de la situación presente, del padecimiento.

Las hipótesis al respecto se vuelven incontables, creativas y hasta esotéricas. Preguntas que rondan la mente todo el tiempo como “y si hubiera ido al médico antes, si no hubiera bebido tanto café, si la genética no me salva, si esto es un castigo por mi insensatez…” No hay realmente una repuesta concreta. Las razones por las cuáles se padece alguna enfermedad no existen, no son razones concretas o absolutas; son hipótesis para no enloquecer, son ideas para perder el tiempo.

Hace un par de meses me topé con una historia que no he logrado descifrar. En realidad, no hay mucho qué descifrar. Era una mujer esperando una consulta en un hospital. Cargaba algunos papeles que describían sus síntomas, padecimientos y el historial de hipótesis que diferentes médicos habían descrito. El más reciente hallazgo les permitía decir que la paciente presentaba una neoplasia en el ovario izquierdo. Requerían una biopsia para descartar cáncer.

Ella intentaba sonreír; entender que se trataba de un procedimiento de rutina. “Lo primero es descartar lo peor”, me dijo con una sonrisa llena de miedo. No hablamos demasiado. Se quedó seria durante un rato mirando el vacío. Luego me preguntó sobre mí. Le dije que únicamente era una acompañante para una vacuna de rutina. Ella iba muy arreglada y sola. Me dijo que se ponía más nerviosa si alguien le hacía compañía. También me contó que no quiere hablar con nadie al respecto. A las pocas personas a quienes les había comentado, ahora la asediaban con preguntas, con frases de motivación, con demasiados remedios y trucos para estar mejor. Ella quería llorar todo el tiempo y no podía darse el permiso de hacerlo sin que algún bienintencionado se acercara a consolarla. A veces no se necesita consuelo, sino privacidad para derrumbarse a solas, para dejarse sentir lo que sea que se quiera sentir. Ella me dijo que necesitaba tiempo para “sentir su presente enfermo”.

La palabra enfermedad me resuena aún cuando la pronuncio. Me enchina la piel después de aquella charla. Me pregunto si la mujer logró o logrará entregarse a su presente, si podrá asumir su vulnerabilidad y sus miedos en privado, con dignidad. Porque cuando un hombre llora, el mundo le da su espacio, se le permite hacerlo en privado, se le da tiempo para que procese el llanto, porque el llanto de un hombre es cosa seria; se le deja en paz para que lo derrame y lo seque sin que nadie intente reconfortarlo; porque, a veces, no es necesario el socorro. Y esto último es verdad. No siempre sirve socorrer a las personas de su propio miedo, de su dolor o su llanto. Muchas veces, ellos se están salvando a sí mismos a través de su aflicción, de saberse vulnerables.

Me despedí de ella. Le recomendé un libro sobre asesinos seriales. Pensé que hablar de cualquier cosa sería mejor que desearle suerte o una pronta recuperación. Ella pudo reírse por mi ocurrencia y su carcajada fue genuina, libre de preocupación y llena de presente. Desde ese día me he hecho el propósito de ejercitar mi capacidad para mirar el instante actual. Así que hago inventarios de lo que hay en él. Y lo observo en silencio. Siento que una forma de honrarla es dejándome envolver por mi presente.

Después del amor

Hace unos días escuché una canción a lo lejos, mientras caminaba de regreso a casa. Mi camino después de entrenar un rato es tranquilo; se trata de una avenida principal transitada, una estación del Metrobús, mucha gente pasando. Es un camino que invita a la contemplación; en general me agrada ese paso tan cotidiano. “Las piedras rodantes” sonaba en un altavoz. Inevitablemente pensé en mi primo hermano. Era su canción favorita. Yo aprendí de memoria la letra hace muchos años, quizá más de veinte, sólo para cantarla con él. Intenté tararear algunos versos y después detener el sentimiento, como siempre que la escucho, pero esta vez no lo logré. Me encontré ahí, llorando en el camino tranquilo y amable que transito a diario, mientras intentaba seguir el “turup tuturu, tururú” del coro final.

El llanto no se detuvo. Quise explicarlo, porque intento razonarlo todo, diciéndome que estaba emotiva por tanto estrés. No es verdad. Cada que escucho esa canción se desencadena en mí el recuerdo de él, de Carlos. Y pasa sobre mí como una cascada que a veces moja con una pringa, y otras, empapa con el torrente de memoria.

Carlos murió cuando yo tenía apenas dieciséis años. Él tenía escasos diecisiete. Recuerdo la noticia como si fuera ayer. Yo vestía el uniforme de la preparatoria. Llevaba una falda color beige y una blusa blanca. Llegaba con mi madre y me disponía a acomodar unas cosas en una vitrina que me encantaba tener ordenada. Ella me pidió que me acercara porque tenía algo que decirme. Yo no quería tenerla cerca. De adolescente no tenía una buena relación con ella y no me apetecía el contacto con mi madre. Le contesté con una mueca de fastidio y ella soltó la bomba: Carlos murió. Mi respuesta inmediata fue un “¿Qué?”. Ella repitió la noticia antes de que pudiera entender lo que había salido de mi boca apenas un instante atrás. Mi llanto salió a mares. No me pude controlar y fui yo quien busqué su abrazo. Grité y lloré y me atraganté con mis lágrimas, mi saliva y mis fluidos nasales. Balbuceaba diciendo “él era mi hermano” una y otra vez.

Mientras el llanto corría por mis mejillas repasé cada momento de mi día. Recordé el camino a la preparatoria que también me embelesaba. La loma que debía bajar para llegar a casa, el ruido de la gente y los autos, el calor, el paisaje de media tarde. Recordé la sensación del aire en mi rostro cuando iba bajando esa loma y la calidez de los últimos rayos del sol. Durante semanas repasé esos recuerdos buscando el instante de mi día en el que él había fallecido.

Su funeral transcurrió como todos, entre llantos, rezos, lamentos, flores, el panteón y el crematorio. Yo vestía totalmente de negro. Cargué su urna aún tibia de regreso a casa. Lloré durante mucho tiempo. Él era mi ídolo, mi referente contracultural, la voz de los adolescentes de nuestra familia (que solamente éramos él y yo) oprimidos por la horda de adultos abusivos del clan. Hasta hace no muchos años pude entender que lo admiraba. Su compañía me hacía sentir menos solitaria, pues, aunque tengo dos hermanas, los tantos años de diferencia siempre me hicieron sentir más su nana que otra cosa.

Él me enseñó a conducir a escondidas, a fumar también a escondidas, a ser altanera y a decir cosas incómodas en el momento preciso. Yo quería ser como él. Pero también quería ser él y dejar de ser yo. Porque yo era niña, con todas las limitaciones que eso conllevaba en mi familia. Aún lloro de vez en cuando al recordarlo; pero ahora mi llanto tiene otras dimensiones. Se agregan nuevas conmociones a medida que pasan los años. Su padre, quien se había divorciado de mi tía mucho antes de que Carlos muriera, se hizo un poco mi padre. Ambos nos necesitábamos en esa época de nuestras vidas. Luego, él también murió. Mi tía creo que enloqueció un poco más. No he sabido de ella en años. Encontró refugio entre las hijas de su hermana. Nunca volvió a casarse ni he sabido que tenga más compañía.

A veces pienso que la muerte de Carlos fue como el efecto mariposa de toda nuestra familia. Continuamente me pregunto qué habría sido de su vida; así que construyo una hipótesis que parte de lo que ha sido la mía. También me planteo otras historias para mí si él no hubiera muerto. Pienso que, de haber seguido con vida, su padre, quien fue un poco mi padre, tampoco habría muerto, y que seguiríamos con vida los tres y jugaríamos dominó cubano los sábados hasta entrada la madrugada.

Pero la realidad es otra; ellos han muerto. A mí me quedó el gran vacío de su ausencia que aún en mi vida adulta duele; también quedó la falta de los hombres que admiraba y que dejaron un espacio que no se ha vuelto a ocupar por nadie jamás. Quizá mi manera de protegerme de eso que queda después de tanto amor fue volverme sumamente exigente, poco tolerante y mucho más solitaria. También me he preguntado en numerosas ocasiones qué fue eso que se rompió en mí con aquellas muertes.

Ahora que he sido madre, me he preguntado sobre el dolor de mi tía al perder a su hijo y entiendo la muerte de Carlos también como la muerte parcial de sus padres. Hace apenas un mes, un compañero de la secundaria de mi hija falleció de leucemia al igual que mi primo. Yo no pude decir demasiado. La madre del niño recibió los mensajes de consuelo, las oraciones, las flores virtuales del chat de padres. Yo no pude escribirle nada porque en cada intento por redactar un mensaje solo podía escribir “intenta no enloquecer”. Sé que quizá ella no me habría entendido en medio de tanto dolor, así que me di por vencida y guardé silencio. Cuando ese pequeño falleció, Carlos volvió a mi recuerdo desde otra perspectiva. Nunca había escuchado la voz que se queda y carga con el peso de la muerte, la voz de la madre, la voz de mi tía. Fue entonces cuando me di cuenta de que eso que se siente, además de la ausencia de quienes mueren, es lo que queda después del amor. Y eso que permanece es la otra cara del amor, la parte que se hace interminable, que duele, que nos hace guardar silencio, atragantarnos con el recuerdo que pocos, o ninguno de quienes se encuentran ahora, pueden entender; esa es la parte del amor de la que no nos recuperamos, que nos deja a punto del desquicio (porque hay mucho de locura en la construcción imaginaria de lo que habría sido); es un amor que deja de tener reflejo, que se vuelve infinito con la muerte del otro, que se ejerce en solitario.

 ¿Cómo se vive después del amor? Pienso que ese es un descubrimiento que se hace todos los días. A veces imagino que se trata de un recorrido que debe realizarse a través de la contemplación, como si se tratase de un peregrino jacobeo que descubre en cada paso los límites de su fe; porque, para seguir viviendo después del amor, estoy segura de que lo más necesario es la fe. 

A mi madre y mis abuelas

Yo nunca quise ser madre hasta el día en que decidí que sería madre. Antes de aquello, solamente pensaba en lo horripilante que podría resultar la maternidad. Y no, no es una exageración. Aun cuando decidí traer al mundo a otro ser humano, el miedo no me abandonó ni un instante. Con los años he aprendido a vivir con él, a dominarlo, a hacerlo incluso mi aliado, pero estoy consciente de que no se irá jamás. Mucho menos viviendo en este país.

            Lo que en esta tarde me hace escribir es una emotiva reacción por una frase leía en redes: “Hoy recuérdala, evócala, llámale, abrázala, dile que la quieres. Para regalarle algo tienes otros 354 días”.

            Así que la evocación me hace comenzar un escrito que intenta, por todos los medios, la reflexión sobre la maternidad. No pretendo crear un efecto dominó que llegue a todos los rincones de las conciencias del planeta pero sí quiero ocasionar un pequeño aleteo de mariposa en la cabeza de quienes me regalen su lectura.

            Es muy difícil ser madre en una sociedad como la nuestra que está encaprichada en hacerse de la vista gorda y no ver con ojos de autocrítica lo que sucede a diario. No hablaré desde las experiencias que no tengo, no puedo siquiera imaginar el sentimiento y la forma en que se ha transformado la vida de quienes siendo madres saben desaparecidos a sus hijos e hijas; así que me centraré en mi experiencia.

Decidí ser madre sin tener muy claro el camino que debería andar después de dar a luz. No lo decidí sola, los hijos no son de generación espontánea. Lo hice de la mano de quien, entonces, era mi pareja y, para mí, el hombre con quien compartiría el resto de mi vida. Así fue mi educación; eso fue lo que creí que pasaría, porque las cosas así deben de pasar. Así lo habían hecho mi madre y mis abuelas. Lo que pasó distinto, o casi distinto, fue que el padre de mi hija no se quedó a mi lado. Un buen día tomó sus cosas, se llevó algunas mías y se marchó. No dijo nada más. No dejó una nota. Tampoco existió una explicación telefónica. Como era de esperarse, no pensé mal. No estaba educada para pensar mal, sino para justificar lo que había pasado. Así que me puse a buscar a ese hombre por todos los medios que tenía a mi alcance para entender lo que le estaba sucediendo a mi vida. En lo que realizaba mi búsqueda y me encontraba sola debía tomar, de nuevo una decisión a cerca de mi maternidad. Replantearme una decisión que ya había tomado no fue sencillo. ¿Abortar?, ¿parir?  Y entonces, ¿qué? Y no me detendré a hablar sobre si el aborto era o no legal en ese momento. Queridos lectores, el aborto ha sido una práctica desde siempre. Y en mi caso, yo conocía muy bien el lugar ideal para hacerlo. Cerca de mi pueblo existía una clínica de lujo, para esos rumbos, en la que podías llevar el control durante tu embarazo o interrumpirlo. Esa clínica estuvo atendida por una extraordinaria mujer que había desarrollado la sensibilidad para hacer sentir tal seguridad a cada mujer que entraba a su consultorio que su fama se había extendido entre los municipios cercanos. Yo conocí ese sitio por azares del destino. A ella también y siempre la admiraré y respetaré por su profundo compromiso con las mujeres que llegaban a su consulta. Abortar, hace 13 años, en mi pueblo, habría sido totalmente posible para mí. Y sin embargo, elegí llevar a término mi embarazo y amar a mi hija aún sola. Porque, dicho sea de paso, no resulta sencillo amar a un ser humano cuyo padre encarna las peores pesadillas o las peores traiciones.

            Cuando llegó el momento de dar a luz ya me había convencido de que estaría sin el apoyo de su padre. No tenía dinero, ni seguridad social, ni trabajo estable. Solo tenía un bebé a punto de salir de mi cuerpo. No puedo decir que me sentí desolada porque no fue así del todo. Mi mejor amigo me ayudó con los gastos del parto, mi madre me cuidó y abogó por mí cuando me maltrataron en el hospital. Mi hermana menor, quien entonces tenía 13 años, me ayudó con su jovialidad y entusiasmo. Pero la gente del hospital, es decir, los médicos, las enfermeras, las trabajadoras sociales, todos me mimaron de las peores formas en que se puede mirar a alguien. Cuando desperté, porque mi hija nació cuando estaba inconsciente por “complicaciones del parto” estaba absolutamente hinchada por las reacciones alérgicas de un medicamente que me aplicaron y que, obviamente, estaba señalado en mi expediente como “alérgica”. Además, me desperté con la noticia de que tenía un dispositivo intrauterino para evitar otro embarazo bajo el argumento de que “las que no tienen marido, a cada rato viene a tener más hijos”. El médico que me dio la noticia además agregó que “era lo mejor para todos”. Intenté replicar diciéndole que mejor me operara porque yo estaba segura de que nunca más sería madre. Y él arremetió diciendo “estás muy joven para saber lo que quieres” y que aún podía “rehacer mi vida”. Desde ese día mi frase de autoaliento es: mi vida está hecha y continúa haciéndose.

            La decisión de ser madre se convirtió casi en una cuestión de renovación de votos diaria, y no por las implicaciones propias de cuidar a un ser humano que requiere el 100% de mi atención, sino porque el entorno tan hostil y violento me hace decir que si hubiera tenido en cuenta siquiera la mitad de las humillaciones, maltrato y discriminación que sufriría por ser madre “soltera”, seguramente no lo habría hecho jamás. Sé que esto no es lo políticamente correcto pero es lo que es. Estoy segura que muchas mujeres en situaciones parecidas a la mía o peores también se han sentido así. Sé que externarlo no es sencillo, pero es necesario. No somos rinocerontes con la piel ultra gruesa para soportar todo lo que el medio quiera hacernos, decirnos, reclamarnos. Porque mi “querida” familia extendida se encargó de reclamar mi falta de respeto hacia todos ellos (¿?) por no haber conseguido un hombre, por haber salido por con “mi domingo siete”. Y esa historia de reclamo constante y discriminación se repitió con muchas empleadas gubernamentales, con profesores (aunque aquí fueron casos aislados), con médicos en los servicios de salud, con supuestos amigos. Para todos ellos yo tenía en el pecho la letra escarlata del fracaso. Así que, gozar de la maternidad es un acto heroico en un medio hipócrita y vil que no celebra la maternidad, sino la capacidad de una mujer para retener a un hombre con ella a pesar de lo que eso pueda significar. Esa misma sociedad es la que señala que una madre soltera no tiene derecho a divertirse, a crecer como persona, a experimentar la vida o a conservar su individualidad; como si todo derecho a ser persona no fuera simplemente por el ser humanas, sino que se tratara de una transferencia que otorga el hombre que las acompaña. Quizá esta sea el paréntesis idóneo para mencionar que, las madres que tienen al padre de sus hijos junto a ellas no tienen siempre una vida de postal estereotipada. De ser así, el mundo marcharía de otra manera forma, porque, como decía una playera incómoda que mi primo adolescente usaba a manera de protesta: “Somos producto de la sociedad”.

Sin embargo, jamás me he derrotado, porque mi vida está haciendo (así, en gerundio) lo que yo quiera. Aunque no sea sencillo. Es así como, tomar la decisión de deconstruirnos y reconstruirnos constantemente para ofrecerle a ese otro ser humano una mejor versión de nosotras y, al mismo tiempo, enfrentar la vida cotidiana no es cualquier cosa; resulta una labor loable que merece ser ovacionada.

Resistir es un verbo clave en la maternidad que, ahora entiendo, debe ser escrito con mayúscula. Curiosamente, nadie lo menciona. Se reemplaza por “amor” (¡vaya estupidez!), “abnegación” (que en realidad quiere decir esclavitud), “entrega” (que para términos prácticos implica pérdida de la identidad). Mi maternidad es totalmente un logro porque la construí desde mi absoluta libertad. No es lo que la “policía de la buena conducta” quisiera, ni tampoco aquello que dicta la culpa o la institucionalidad. Es de manera tal, que me permite ser yo y ser con ella. No puedo evitar mencionar que esta maternidad causa urticaria entre algunos padres de familia y maestros en la secundaria de mi hija, pero no dejo de pensar que ES mi propia definición y hace que todo valga la pena. Mi vida ha cambiado sustancialmente pero no gracias al medio, ni a las “oportunidades”, sino a la determinación que, gracias a la vida, me tocó en cantidades sobrehumanas.

            Sé que mi madre también se sintió desesperada. Ella lleva 37 años casada con un hombre que también la dejó sola, pero con tres hijas. Mi abuela materna se quedó sola criando 7 hijos; una de sus hijas murió 20 años antes que ella. 5 la abandonaron y le quitaron su dinero y sus pertenencias. Solamente una la cuidó sin esperar nada a cambio. Esta última fue mi madre.

Mi abuela paterna murió de pena cuando mi abuelo se suicidó. Durante toda su vida mantuvo “unida” a su familia a pesar de los golpes y humillaciones que sufrió. Sé que mi vida la enuncio desde un sitio muy distinto al de ellas en este momento y puedo disfrutarlo profundamente. Sin embargo, esto no me impide ser consciente de que la realidad no es grata, de que vivimos en una sociedad en la que las mujeres somos juzgadas por ser madres solas, pero también por exigir el derecho a la elección sobre nuestros cuerpos; y que la forma en la que somos juzgadas en este tema no es ni remotamente similar a la forma en la que se juzga la paternidad. O que vivimos en un país en el que 9 mujeres al día son asesinadas (y que también fueron madres e hijas). No mencionaré las que son golpeadas, violadas o explotadas sexualmente.

Quiero un mundo equitativo y seguro para las generaciones siguientes, eso es lo que me impulsa a escribir en este día.

Tengo claro que durante mi vida muchos hombres me han tendido la mano, me han respetado y admirado; hay otros que han disfrutado y construido su paternidad de manera responsable y activa, pero me duele que aún no sean los suficientes para que la balanza se nivele. Quiero con toda el alma que eso cambie rápidamente. Aquellos que han notado que existen otras formas de construir su masculinidad, por favor, contagien su evolución emocional a los otros.

Este tema no se agota en estas líneas. Falta mucho que decir, investigar, resolver y problematizar. Espero que podamos hacerlo en colectivo para hallar las soluciones que tanto requerimos. El mundo no cambiará mágicamente, ni con buenas intenciones, pero sí lo hará con una transformación profunda de nuestras prácticas cotidianas, quizá la clave sea en comenzar con esas que repetimos a diario o que fomentamos o que no evitamos. Ese seguro es un inicio que se encuentra al alcance de cada uno.

Declaración de extranjería

Quise emigrar, marcharme;

llegar a un sitio donde todo enunciado mío

conociese la intraducibilidad desde su origen;

para callar así mi voz, el tormento de mi escritura;

para aferrarme casi distraídamente al nuevo paisaje,

a otros códigos y formas del atardecer.

Decidí huir porque, después de tantas migraciones,

tengo claro que no sé pertenecer;

no poseo patria, ni hogar, ni palabra que pueda contenerme.

Y me sé extranjera en todo sitio, en mi cuerpo,

en las avenidas, en los elevadores,

en la almohada sintética donde recargo cada pesadilla.

Sobrevivo con señalizaciones vagas

que me salvan a diario de todos mis abismos:

“Sonría de cuando en cuando”.

“Salude a los vecinos”.

“Llore antes de salir de casa”.

“Use maquillaje y disimule”.

“Por favor, no caiga al precipicio; se lo ruego”.

Tal vez mi nombre significa Torre de Babel.

Quizá mi lenguaje sea el de las aves.