Notas sobre el sentimiento vital

La búsqueda de los significados en la historia de la humanidad ha vinculado a las fuerzas sobrenaturales con diversos fenómenos de la naturaleza. En el ámbito de los sentimientos no es diferente. Según José Antonio Marina en su Diccionario de los sentimientos, menciona que “los griegos tendían a explicar los fenómenos psicológicos apelando a fuerzas sobrenaturales, la consideraban como la comunicación de poder de dios a hombre”[1]. Uno de los sentimientos que ha atrapado la atención de psicólogos y estudiosos sobre la conducta humana es lo que se denomina en occidente como sentimiento vital.

Este sentimiento se encuentra definido como uno de carácter funcional e intencional; es decir, que impulsa a la acción… a vivir. Diversas culturas lo han asociado con otros sentimientos más, como el ánimo y su contraparte el desánimo. Porque también se asocia con el aumento o la disminución de ese impulso.

En la vida cotidiana es común encontrar expresiones populares como “garbanzos de a libra”; se habla de gente que es capaz de sobresalir a pesar de circunstancias adversas o cuyo entusiasmo es un constante impulso por lograr, conseguir. En el arte es común encontrar expresiones de este sentimiento en diversas manifestaciones. Un ejemplo en este breve y contundente poema:

Poética
Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto[2].

En una charla informal con una terapeuta especialista en terapia breve, analizábamos las causas por las que algunas personas tienen capacidades volitivas sorprendentes que las hacen excepcionales en su campo, comunidad o profesión. Esta pregunta quedó en el aire como la reflexión final después de aquella charla: “¿por qué algunas personas logran esa energía o esa tremenda fuerza que las impulsa a continuar a pesar de las circunstancias?”

Quizá la respuesta es la que proporciona Marina sobre el sentimiento vital: “Incita a la acción, proporciona empuje y coraje, capacita para ir más allá de los límites y conduce hasta el triunfo. Cuando alguien lo siente, puede hacer cosas que no puede hacer en otras ocasiones”. Desde aquella tarde hasta el momento en que leí esta definición han pasado meses. Agregaría a ella que este sentimiento no se trata de un soplo divino sino que está íntimamente relacionado con la voluntad. Por ello mismo, las siguientes preguntas para reflexionar en busca de respuestas son: cómo despertarlo o ensancharlo, cómo reconocerlo para disfrutarlo conscientemente.


[1] José Antonio Marina, Diccionario de los sentimientos (1999).

[2] Heberto Padilla, Fuera del juego (1969).

La mujer pájaro

Nunca nadie supo su nombre. Por nadie me refiero a mis padres o los vecinos o alguien cercano que me pudiera dar detalles sobre ella. Caminaba siempre por las calles del centro, nosotros transcurríamos ahí. Solo salíamos del cuadrante principal del poblado cuando íbamos a la escuela. Esa estaba a las afueras. El trabajo, el mercado, la casa, el parque y la única panadería estaban contenidas en tres calles. Y toda la gente de las rancherías cercanas llenaba diariamente ese pequeño centro para llevar casi cualquier cosa y revenderla o para llenar sus despensas.

La Piolina, como le decía todo el mundo, era una mujer de una edad indeterminada. Entonces yo era una niña, no conocía de edades. Ahora puedo calcular quizá que estaba en sus veintitantos. Llevaba vestidos coloridos, floreados, siempre eran vestidos de niña, con sus cintas que se amarraban en la cintura. Su cabello nunca fue largo. La Piolina tenía un corte pegado al cráneo y usaba unos tenis de tela. Era curioso verla aproximarse. Los niños que estábamos cerca la veíamos de lejos y algunos corrían a esconderse hasta que ella pasara. No se le conocían historias de altercados, aunque su mente infantil la hacía peligrosa para algunos porque, en ocasiones, corría detrás de los más pequeños y les jalaba el cabello.

Ella era un personaje típico del paisaje semi urbano del pueblito. El pueblito tenía sus propios “loquitos”. Ella era una de las principales junto con El Trompas, Lelo y La Tomasa. Cada uno de ellos tenía su propia locura, su propia manera de transcurrir en la tortuosa vida de los discapacitados indigentes del lugar. El Trompas vestía un short de mezclilla cuyo olor era perceptible desde media cuadra. Tenía el cabello a media espalda, era moreno y muy delgado, era como el cristo moreno que deambulaba las calles descalzo y murmurando todo el tiempo. Lelo vivía en una casa en las afueras, muy lejos del centro. Tenía familia, aunque no tengo muy clara esa historia. Él tenía algún tipo de retraso mental y siempre se acompañaba de un güiro. Cantaba en los comercios, en el mercado, afuera de la panadería, en los “urbanos” (forma común de llamarle a los camiones en mi pueblo); su canto se acompañaba de litros de saliva que escurrían por su quijada, cuello y pecho sin que hiciera nada por evitarlo. A pesar de que su canción era siempre inteligible, la gente no dudaba en darle algunas monedas.

La Tomasa era más notoria. Se comunicaba a gritos con el mundo, con su locura, con lo que veía a su alrededor. Cuatro o cinco perros la seguían a todas partes y arrastraba con ella sus posesiones: un costal de botellas vacías, algunas latas de aluminio y un palo que usaba como bastón. Ella solía sentarse en un almendro afuera de la casa (que también era el negocio familiar) a pregonar sus máximas de sabiduría. “No cabe duda de que algunos nacieron con estrella, otros sin estrella y otros más, los más jodidos, nacieron estrellados”. Debo reconocer que tenía una voz fuerte y segura. Cuando ella se ponía a hablar o cantar no podíamos ignorarla. Las pocas veces que permanecía en silencio podía ver su semblante aterrado, con la expresión de una tremenda angustia, del horror de quien ha visto lo peor del mundo ante sus ojos. Verla me hacía llorar porque su tremenda tristeza era contagiosa. Además, sus convulsiones eran frecuentes y violentas. En más de una ocasión la vi azotar en la banqueta y echar espuma por la boca. Acercarse a ella era cosa de los muy osados y valientes.

La Piolina, por el contrario de todos ellos, siempre estaba limpia. Sus vestidos cambiaban casi a diario, si se la veía de mañana podía verse su cabello recién bañado, su vestido incluso planchado y de colores firmes y llamativos. Nosotros la veíamos como una loca más, pero con los años me enteré de tu triste historia. A ella le decían La Piolina porque tenía “cara de pájaro”. Con los años he llegado a la conclusión de que ella padecía Síndrome de Seckel. Caminaba con dificultad por un defecto en su cadera que la hacía renguear con prominencia. Ella tenía una casa, con una familia que únicamente pudo hacer por ella eso: echarla a andar el pueblo cada día. Además, aquella tarde, como yo ya era “un poco más grande”, me enteré de que ella tenía dos hijos. No se supo quién, pero alguien abusó de ella. Cuando me supe de su historia yo sospechaba de todo el mundo, en cada habitante del pueblo veía un posible abusador.

Ella tuvo dos hijos porque “se metía con cualquiera”, aunque la realidad era que cualquier podía abusar de ella por todas las condiciones de vulnerabilidad en las que se encontraba. Se decía que su familia mejor la operó para que no llegara con más sorpresas a la casa. Alguna vez una de mis tías me señaló a dos chicos mayores que yo y me dijo “mira, ellos son los hijos de La Piolina”. Yo los recuerdo apenas entre el tumulto de la calle principal. Eran una niña y un niño que reían y andaban las calles como cualquier otro. Yo me pregunté si ellos sabían que su madre deambulaba por el centro o si eran engañados, como tantos otros en el pueblo, con tal de guardar los secretos de familia.

Una noche, tal vez un par de años después, salimos de casa tarde para ir a comprar algo de cenar. La oscuridad de nuestra calle era totalmente contraria al ajetreo que se vivía ahí durante el día. Cuando abrimos la puerta vimos a dos personas en el almendro. Eran El Trompas y La Piolina. Él la tenía debajo y abusaba de ella. Todo fue tan rápido y abrupto que no logramos decir nada. Él huyó y ella se quedó ahí mirando en dirección al fugitivo. Nosotras, aunque mayores, seguíamos siendo niñas que no podían hablar de ciertas cosas.

De los últimos recuerdos que tengo de ella es que la vi más encorvada, arrastrando una pierna y con algunas canas. Volvió a mi mente después de mirar una película titulada Maudie. Se trata de la biografía de una pintora con discapacidad por artrosis; la visión rosa de este film deja de lado el abuso y el dolor al que fue sometida Maud Lewis, aunque muestra claramente la impunidad que protegió a quienes abusaron de ella.

No he vuelto al pueblo desde hace más de una década. No sé qué habrá pasado con La Piolina, con La Tomasa o con El Trompas. De ninguno supe jamás su nombre. Sé que Lelo murió. Era tan conocido que fue noticia municipal su fallecimiento y se publicó en el diario local una emotiva despedida. El reportero casualmente olvidó mencionar la mendicidad en la que fue obligado a vivir por su discapacidad, tampoco mencionó la falta de asistencia social y la carencia de lo más elemental para la vida que lo acompañó durante todos y cada uno de sus años.  

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Me recomendaron releer a los clásicos

Últimamente he tenido algunos bloqueos. A veces mi mente académica me estorba cuando quiero abordar ciertos temas; así que me recomendaron releer a los clásicos, buscar a mis cuentistas favoritos e ir dejándome llevar por el placer de su lectura.

Me tomé un momento de la mañana para repasar los libreros. En la búsqueda me topé con un libro que, años atrás, dejé inconcluso en una relectura. Se trata de una antología poética de Lydda Franco Farías. Ese ejemplar salió del estante personal de uno de mis escritores favoritos. Su hija y yo fuimos amigas hace tiempo. Él me obsequió aquel libro que tanto quise durante años, así que se convirtió también en mi libro favorito.

Lo leí varias veces. Una noche, la última vez que lo tuve en mis manos antes de hoy, decidí llevarlo conmigo a la sala de hospital donde se encontraba mi abuela. Ella había sido internada casi quince días antes por una infección muy fuerte. No podía estar sola. Alguien tenía que permanecer con ella día y noche. Mis hermanas, mi madre y yo fuimos quienes estuvimos con ella. En aquella guardia que hice me llevé aquel libro conmigo porque las enfermeras me regañaban si me veían dormitando. Decidí leer toda la noche y así permanecer pendiente y alerta.

Cuando llegué al pabellón donde estaba mi abuela ya eran las diez de la noche. Todo estaba en relativa calma. Ella se veía dormida. Saqué mi libro y comencé la lectura. Me distraje varias veces porque la silla en la que estaba sentada era muy incómoda. Luego me distrajo el ruido del respirador de una paciente cuya cama estaba frente a la de mi abuela. Cuando pude leer de corrido más de dos páginas sin distraerme, mi abuela despertó. Comenzó a quejarse de dolores en las piernas, en los pies. También me dijo que no quería seguir viviendo. Lloró y entre súplicas y sollozos me decía que ya no aguantaba. Yo no sabía qué hacer. En su voz y en su rostro se notaba un tremendo sufrimiento. Yo estaba al borde del llanto. Con frecuencia miraba el reloj de la estación de enfermeras. También miraba el techo y le pedía que se calmara un poco, que todo pasaría, que también el dolor y el cansancio se acabarían. Ella suplicaba sin cesar, como si no escuchara una sola palabra mía. Una enfermera entró para ayudarme. Lo primero que hizo fue regañarme. Me dijo que no importaba lo que yo sentía, sino lo que mi abuela sentía. Me indicó cómo masajearle las piernas, como tenía que cambiarla de posición cada media hora para que no tuviera más escaras. Me dijo que yo no tenía que llorar, que debía reconfortarla. Yo me sequé las lágrimas que, a esas alturas, ya se me habían salido sin que pudiera evitarlo. Asentí con la cabeza cada instrucción de la enfermera y guardé silencio.

Mi abuela se quedó dormida, aunque no toda la noche. A ratos despertaba para repetir sus súplicas. En uno de esos episodios le dije que la quería mucho. Lo dije en un murmullo. Ella me interrumpió sus sollozos y me dijo “Yo también. Yo también te quiero mucho, mucho”. Luego de eso volvió a pedir que se acabara su tortura. Después de un rato se volvió a quedar dormida. El resto de la madrugada pasó entre mis súplicas internas porque la noche terminara y los cuidados activos con mi abuela. Cuando dieron las seis de la mañana pensé que podría irme. Mi relevo llegó hasta pasadas las ocho. La abuela había dormido mejor en ese par de horas que durante la noche entera.

Tomé mi libro y me fui casa. Se me espantó el llanto. Me quedé con en el asombro el resto del día. Mi abuela me había dicho en medio de su sufrimiento que también me quería. ¿Ella me quería? Yo jamás habría pensado que sí. Durante algunos años previos a su enfermedad, en repetidas ocasiones me expresó y demostró su decepción por mí; así que nunca habría esperado un “te quiero” de su voz. ¿Ella me quería? ¿Ella quiso a alguien? En mi recuerdo era una mujer dura, tradicional y muy autoritaria. Ninguno de sus hijos fue lo que ella hubiera soñado; sus nietos, tampoco. Yo era el ejemplo de lo que no se debe hacer para la familia entera… Pero ella… ¿me quería?

Al día siguiente no fui al hospital. Mi hermana estuvo ahí durante el día. Mi madre la cubriría en la noche del viernes. Mi otra hermana llegaría el sábado por la mañana a cuidarla. Así que yo tendría turno hasta el sábado en la tarde. El libro quedó en el buró junto a la cama y después volvió al librero.

Tal como lo pensé, el sábado por la tarde estuve en el hospital, pero en la morgue para que me entregaran el cuerpo de mi abuela. La última vez que la vi con vida fue aquella noche. Ahora que lo pienso, aquellas palabras fueron quizá su despedida.

Tres años después, mientras buscaba a los clásicos en mi librero, me tropecé con el recuerdo de mi abuela. Abrí el libro para hojearlo y encontré el separador en el último poema que leí aquella noche:

Qué hacer si no hay espacio para el grito postergado
si la violencia está incubada en las axilas,
si el amor se está licuando en la saliva.
Qué hacer para reconciliar el llanto y la sonrisa…

X

Te encuentro entre mis lecturas,
hallo tus notas, los guiños de tu escritura.
Leo el poema que escribiste en la portada de un libro
[Nos encuentro].

Me gusta conocerme a través de todo mi pasado,
de los hombres que amé,
de los libros leídos,
repaso pornográficamente mis recuerdos,
lo que nadie sabe de mí,
saboreo el desenfreno previo a la templanza…

Ya no creo en los principios [me digo en voz alta].
Ahora, por las tardes, creo en el fin del mundo,
después baja el calor
y el ruido de los vecinos se escucha por todo el edificio,
se mete a mis pensamientos…
entonces, ya no creo en nada,
me siento en la mecedora a esperar el contagio,
el conteo de los cadáveres o una voz que me haga despertar.

Yo, buscando al Animal Tropical

Cuando entrevisté a Pedro Juan Gutiérrez yo no tenía un peso partido por la mitad. Le escribí unos días antes por correo electrónico y luego viajé a La Habana. Desde que llegué todo se descuadró; es decir, mi plan imaginario se descuadró, porque en realidad todo estaba sucediendo como debía. Todo parecía irse pal carajo. No tenía dinero suficiente, no tenía dónde quedarme ni tampoco qué comer. La primera noche me quedé en la casa de la amiga de una amiga, de un conocido mío en México. Yo no la conocía, no sabía quién era ni dónde estaba su casa. Simplemente indagué y llegué con ella; cuando me dijo la tarifa supuestamente preferencial por dejarme estar ahí, me di cuenta que no lograría pagar ni la mitad de lo que sería la cuenta final. Aun así, fingí que todo estaba bajo control, a nadie le gusta asumir la pobreza que atraviesa y menos que los demás lo sepan. Al día siguiente anduve por el malecón un rato, luego fui al Instituto de Lingüística, donde tenía que presentarme, pasar lista, entrar al mentado congreso al que fui y hacerme la intelectual un rato.

En la noche y a manera de inauguración, el Instituto brindó unos panes con jamón y un trago de ron. Apenas lo mínimo para que pudiera humedecerme los labios. Entre la algarabía y el gentío que se hizo para abalanzarse sobre el pequeño convite conocí a un par de hombres con quienes platiqué un rato. Uno de ellos se presentó con un nombre que no recuerdo, dijo ser mexicano, aunque su español era muy malo; luego de un rato le volví a preguntar sobre su acento tan particular. Nos confesó que había nacido en Sierra Leona, emigró a México y se nacionalizó unos años después. Entendía perfecto el español, pero no sabía cómo pronunciarlo de manera que no se notara tanto que no se trataba de lengua nativa. Luego, el compañero Mario nos contó que vivía ahí desde hacía unos años, estudiaba un doctorado en La Universidad de La Habana y venía de Colombia. Nos hicimos amigos en seguida. Terminamos la tertulia y nos despedimos. Yo me quedé sentada en las escalinatas de la entrada del Instituto. Mientras estaba sentada ahí no pensaba en nada, tan solo quería sentir la briza en la piel, entre el cabello alborotado que podía ni peinar. Mario me vio ahí y se sentó junto a mí. Seguimos conversando, pero ahora de su tesis y la necesidad de explicar sobre los actos de habla en ella. Le conté sobre mi formación en lingüística y me invitó a tomar un chocolate en la plaza Carlos III. Cruzamos la calle y nos dirigimos ahí. Estaban por cerrar, nos dieron el paso para ir a la chocolatería del primer piso. Llegamos y nos mostraron el menú. Yo pedí un chocolate con leche. El hombre que atendía me informó que no había leche. Entonces le pedí un chocolate solo y con toda la parsimonia del mundo me informó que tampoco había chocolate. Mario pidió un expreso, pero el compañero le informó que tampoco tenían expreso. A punto de perder la paciencia, mi nuevo amigo colombiano le preguntó qué cosa era lo que tenían y el camarero nos ofreció agua y soda. Nos miramos, reímos un rato y salimos de ahí ahora a sentarnos en la escalinata de la plaza. Cuando eran cerca de las diez de la noche me preguntó dónde me hospedaba. No perdí tiempo y el conté mi situación: me encontraba sin dinero para pagar el alquiler, sin conocer a nadie y sin saber qué hacer al respecto.

Luego de eso me invitó a conocer a su casero. Y a conocer su cuarto que, casualmente, estaba apenas a unas cuadras de donde yo estaba alquilando. Caminamos para ahorrar. A esa hora ya no había posibilidad de una guagua y una máquina no estaba dentro de mis planes. Llegamos a su casa. Nos abrió la puerta un hombre entrado en años, de cabello canoso y escaso. Era sumamente blanco y con unos ojos verdes hermosos. En cuanto me vio sonrió. Abrió la puerta, nos ofreció un lugar en la mesa, puso a colar café y se sentó a charlar. Nos contó sobre su tiempo de combatiente, sus días en la Sierra Maestra, su amor por Fidel y su secreto y actual desencanto por el comandante en jefe. Yo bebí ese café como si fuera la cosa más exquisita del mundo. Él me dijo que yo era un encanto porque eso no era más que chícharo molido, “café de la bodega que sabe a mierda, pero es para lo que alcanza”.

Después de charlar un rato, Mario le dijo que yo tenía que hacerle una petición muy grande. Yo me sonrojé y como en una avalancha de palabras mezcladas con pena, premura y sinceridad, le dije que no tenía un peso, que quería ser escritora y conocer a Pedro Juan y que me dejara quedarme en su casa en el rincón que le sobrara y yo haría la limpieza de todo el lugar a cambio.

El me miró y soltó una risa emocionada. Dijo que yo le recordaba a su nieta y me mandó por mi maleta. Mario me acompañó, le confesé a la amiga de la amiga del conocido mío en México que no tenía un peso. Ella comprendió, casi lloró y me dejó ir. Mario y yo caminamos a la casa de Machado. Cuando llegamos él tenía la cena lista: tostones, más café de chícharo y una ensalada de jitomate. Fue la primera comida del día, así que sentí con mucha intensidad cada grano de sal, cada bocado. Seguimos charlando sobre que él cocinaba, lavaba, aseaba y todo lo necesario de la casa porque eso es ser un hombre hecho y derecho. Así que no tenía que preocuparme de nada. Me enseñó el catre que tenía para mí y me aconsejó anunciar a toda voz cuando fuera a usar el baño porque no tenía cortina y no querían cometer una indiscreción pasando por ahí cuando estuviera yo bañándome.

Esa noche dormí a pierna suelta. Estaba cansada, agradecida y muerta de miedo. No sabía si podría encontrar a Pedro Juan…

En la mañana me despertó el olor del café. Era Machado preparando un desayuno. Nos brindó café y un trozo de pan de la libreta. Después de eso nos mandó a “andar La Habana” y nos despedimos los tres. Mario me dijo que yo hiciera lo que quisiera, que si me perdía por la ciudad le preguntara, me enseñó dónde comprar ron, cigarros y comida para el medio día. Luego se fue. Yo me quedé sola, en la calle 23 y H, mirando a dónde podría encontrar lo interesante de la vida tan temprano.

Después de tanto tiempo recuerdo esos días y se me eriza la piel. Desde aquel 2011 a la fecha he vuelto a La Habana muchas veces; me quedé a vivir allá también un tiempo. Luego conocí un habanero lindísimo con quien tuve un romance muy divertido que terminó cuando entendí que iba en serio; a veces nos hablamos o nos escribimos para contarnos cómo va la vida. Aquella vez, finalmente, entrevisté a Pedro Juan Gutiérrez en al hotel Inglaterra en La Habana Vieja. Era un 24 de noviembre. Charlamos durante horas hasta que se oscureció todo. Me regaló Morir en parís, y firmó mi Trilogía Sucia de La Habana. Anduvimos por unos parques, luego caminamos por el malecón. Llegamos a su casa, aquel departamento frente al mar, me pidió que no revelara dónde porque ya había muchos extranjeros tocando a su puerta y perturbando su tranquilidad. Nos despedimos con un fuerte abrazo. Nos tomamos una foto fallida juntos. Ninguno de los dos sabía domar a la cámara esa que conseguí prestada. El malecón estaba muy oscuro. El flash quemó la imagen. Pero el olor a salitre, las olas rompiendo en barda, nosotros charlando porque sí, yo sintiéndome escritora… todo eso perdurará más allá de la instantánea que apenas y deja ver una silueta en ella. Nueve años después vuelvo sobre la Trilogía y unas líneas me hacen recordar aquel viaje: Escribo para pinchar un rato y para obligar a otros a oler la mierda. Así aterrorizo a los cobardes y jodo a los que gustan amordazar a quienes podemos hablar[1].

A Machado le escribí un par de cartas, le mandé unos euros cuando pude tener un poco de dinero extra. Nunca más lo volví a ver. A veces creo que el amor es eso, aquellos instantes que van construyendo la vida, lo que nos hace vibrar aún en el recuerdo. He amado profundamente el mar desde que era niña y todo lo que me regala siempre, los momentos que enmarca, incluso los nortes, las tormentas que todo arrasan.


[1] Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de La Habana. p. 85.

IX

Encuentro una nota en un libro,
es un mensaje que dejaste años atrás
y que nunca había leído antes.

Tu caligrafía me recuerda tu nombre y tu sonrisa.
Éramos felices.
Busco en tu escritura cada instante a tu lado;
se dibuja en mi memoria la poesía,
los aeropuertos vacíos,
la escalera invisible,
la mujer que fui,
el mapa de tu pecho.

[No sé dónde estás]

En esta hora solitaria,
a las cero diecinueve,
un jueves antes del fin del mundo…
te recuerdo.

Foto: @libelulasobreacuarela

VIII

Escribo cartas que no son de amor,
porque nunca he tenido claro lo que es.
Escribo cartas cuya dirección postal no existe
[Ya se han extinguido los buzones].

Escribo a lápiz como acto disidente,
para perderme entre el trazo y la huella del grafito;
entre el pensamiento y la palabra.

Es este añejo pasatiempo que me ata a la cordura
y la templanza en el encierro.
Me escribo para encontrarme en un reflejo
y habitarme en compañía de todas las que he sido

Me escribo para salir de este laberinto…

VII

He de besarte para vencer el ruido,
pero también para hacer silencio, una pausa,
para gozar un instante de presente.

He de besarte como un acto insurgente
ante la prohibición y el aislamiento,
para no olvidar mi naturaleza,
para que tampoco olvides la tuya.

He de besarte ahora
porque nadie sabe lo que pasará después;
porque el mañana quizá sea clandestino.

He de besarte ahora
para sentir tu boca en mi piel en lo que termina el tiempo;
también para curarnos del miedo
para tener un asidero…
un comienzo en medio de este final.

He de besarte a pesar de que nuestros labios
sean la metáfora del contagio y de la muerte.

Fotografía: anónimo