Me recomendaron releer a los clásicos

Últimamente he tenido algunos bloqueos. A veces mi mente académica me estorba cuando quiero abordar ciertos temas; así que me recomendaron releer a los clásicos, buscar a mis cuentistas favoritos e ir dejándome llevar por el placer de su lectura.

Me tomé un momento de la mañana para repasar los libreros. En la búsqueda me topé con un libro que, años atrás, dejé inconcluso en una relectura. Se trata de una antología poética de Lydda Franco Farías. Ese ejemplar salió del estante personal de uno de mis escritores favoritos. Su hija y yo fuimos amigas hace tiempo. Él me obsequió aquel libro que tanto quise durante años, así que se convirtió también en mi libro favorito.

Lo leí varias veces. Una noche, la última vez que lo tuve en mis manos antes de hoy, decidí llevarlo conmigo a la sala de hospital donde se encontraba mi abuela. Ella había sido internada casi quince días antes por una infección muy fuerte. No podía estar sola. Alguien tenía que permanecer con ella día y noche. Mis hermanas, mi madre y yo fuimos quienes estuvimos con ella. En aquella guardia que hice me llevé aquel libro conmigo porque las enfermeras me regañaban si me veían dormitando. Decidí leer toda la noche y así permanecer pendiente y alerta.

Cuando llegué al pabellón donde estaba mi abuela ya eran las diez de la noche. Todo estaba en relativa calma. Ella se veía dormida. Saqué mi libro y comencé la lectura. Me distraje varias veces porque la silla en la que estaba sentada era muy incómoda. Luego me distrajo el ruido del respirador de una paciente cuya cama estaba frente a la de mi abuela. Cuando pude leer de corrido más de dos páginas sin distraerme, mi abuela despertó. Comenzó a quejarse de dolores en las piernas, en los pies. También me dijo que no quería seguir viviendo. Lloró y entre súplicas y sollozos me decía que ya no aguantaba. Yo no sabía qué hacer. En su voz y en su rostro se notaba un tremendo sufrimiento. Yo estaba al borde del llanto. Con frecuencia miraba el reloj de la estación de enfermeras. También miraba el techo y le pedía que se calmara un poco, que todo pasaría, que también el dolor y el cansancio se acabarían. Ella suplicaba sin cesar, como si no escuchara una sola palabra mía. Una enfermera entró para ayudarme. Lo primero que hizo fue regañarme. Me dijo que no importaba lo que yo sentía, sino lo que mi abuela sentía. Me indicó cómo masajearle las piernas, como tenía que cambiarla de posición cada media hora para que no tuviera más escaras. Me dijo que yo no tenía que llorar, que debía reconfortarla. Yo me sequé las lágrimas que, a esas alturas, ya se me habían salido sin que pudiera evitarlo. Asentí con la cabeza cada instrucción de la enfermera y guardé silencio.

Mi abuela se quedó dormida, aunque no toda la noche. A ratos despertaba para repetir sus súplicas. En uno de esos episodios le dije que la quería mucho. Lo dije en un murmullo. Ella me interrumpió sus sollozos y me dijo “Yo también. Yo también te quiero mucho, mucho”. Luego de eso volvió a pedir que se acabara su tortura. Después de un rato se volvió a quedar dormida. El resto de la madrugada pasó entre mis súplicas internas porque la noche terminara y los cuidados activos con mi abuela. Cuando dieron las seis de la mañana pensé que podría irme. Mi relevo llegó hasta pasadas las ocho. La abuela había dormido mejor en ese par de horas que durante la noche entera.

Tomé mi libro y me fui casa. Se me espantó el llanto. Me quedé con en el asombro el resto del día. Mi abuela me había dicho en medio de su sufrimiento que también me quería. ¿Ella me quería? Yo jamás habría pensado que sí. Durante algunos años previos a su enfermedad, en repetidas ocasiones me expresó y demostró su decepción por mí; así que nunca habría esperado un “te quiero” de su voz. ¿Ella me quería? ¿Ella quiso a alguien? En mi recuerdo era una mujer dura, tradicional y muy autoritaria. Ninguno de sus hijos fue lo que ella hubiera soñado; sus nietos, tampoco. Yo era el ejemplo de lo que no se debe hacer para la familia entera… Pero ella… ¿me quería?

Al día siguiente no fui al hospital. Mi hermana estuvo ahí durante el día. Mi madre la cubriría en la noche del viernes. Mi otra hermana llegaría el sábado por la mañana a cuidarla. Así que yo tendría turno hasta el sábado en la tarde. El libro quedó en el buró junto a la cama y después volvió al librero.

Tal como lo pensé, el sábado por la tarde estuve en el hospital, pero en la morgue para que me entregaran el cuerpo de mi abuela. La última vez que la vi con vida fue aquella noche. Ahora que lo pienso, aquellas palabras fueron quizá su despedida.

Tres años después, mientras buscaba a los clásicos en mi librero, me tropecé con el recuerdo de mi abuela. Abrí el libro para hojearlo y encontré el separador en el último poema que leí aquella noche:

Qué hacer si no hay espacio para el grito postergado
si la violencia está incubada en las axilas,
si el amor se está licuando en la saliva.
Qué hacer para reconciliar el llanto y la sonrisa…

X

Te encuentro entre mis lecturas,
hallo tus notas, los guiños de tu escritura.
Leo el poema que escribiste en la portada de un libro
[Nos encuentro].

Me gusta conocerme a través de todo mi pasado,
de los hombres que amé,
de los libros leídos,
repaso pornográficamente mis recuerdos,
lo que nadie sabe de mí,
saboreo el desenfreno previo a la templanza…

Ya no creo en los principios [me digo en voz alta].
Ahora, por las tardes, creo en el fin del mundo,
después baja el calor
y el ruido de los vecinos se escucha por todo el edificio,
se mete a mis pensamientos…
entonces, ya no creo en nada,
me siento en la mecedora a esperar el contagio,
el conteo de los cadáveres o una voz que me haga despertar.

Yo, buscando al Animal Tropical

Cuando entrevisté a Pedro Juan Gutiérrez yo no tenía un peso partido por la mitad. Le escribí unos días antes por correo electrónico y luego viajé a La Habana. Desde que llegué todo se descuadró; es decir, mi plan imaginario se descuadró, porque en realidad todo estaba sucediendo como debía. Todo parecía irse pal carajo. No tenía dinero suficiente, no tenía dónde quedarme ni tampoco qué comer. La primera noche me quedé en la casa de la amiga de una amiga, de un conocido mío en México. Yo no la conocía, no sabía quién era ni dónde estaba su casa. Simplemente indagué y llegué con ella; cuando me dijo la tarifa supuestamente preferencial por dejarme estar ahí, me di cuenta que no lograría pagar ni la mitad de lo que sería la cuenta final. Aun así, fingí que todo estaba bajo control, a nadie le gusta asumir la pobreza que atraviesa y menos que los demás lo sepan. Al día siguiente anduve por el malecón un rato, luego fui al Instituto de Lingüística, donde tenía que presentarme, pasar lista, entrar al mentado congreso al que fui y hacerme la intelectual un rato.

En la noche y a manera de inauguración, el Instituto brindó unos panes con jamón y un trago de ron. Apenas lo mínimo para que pudiera humedecerme los labios. Entre la algarabía y el gentío que se hizo para abalanzarse sobre el pequeño convite conocí a un par de hombres con quienes platiqué un rato. Uno de ellos se presentó con un nombre que no recuerdo, dijo ser mexicano, aunque su español era muy malo; luego de un rato le volví a preguntar sobre su acento tan particular. Nos confesó que había nacido en Sierra Leona, emigró a México y se nacionalizó unos años después. Entendía perfecto el español, pero no sabía cómo pronunciarlo de manera que no se notara tanto que no se trataba de lengua nativa. Luego, el compañero Mario nos contó que vivía ahí desde hacía unos años, estudiaba un doctorado en La Universidad de La Habana y venía de Colombia. Nos hicimos amigos en seguida. Terminamos la tertulia y nos despedimos. Yo me quedé sentada en las escalinatas de la entrada del Instituto. Mientras estaba sentada ahí no pensaba en nada, tan solo quería sentir la briza en la piel, entre el cabello alborotado que podía ni peinar. Mario me vio ahí y se sentó junto a mí. Seguimos conversando, pero ahora de su tesis y la necesidad de explicar sobre los actos de habla en ella. Le conté sobre mi formación en lingüística y me invitó a tomar un chocolate en la plaza Carlos III. Cruzamos la calle y nos dirigimos ahí. Estaban por cerrar, nos dieron el paso para ir a la chocolatería del primer piso. Llegamos y nos mostraron el menú. Yo pedí un chocolate con leche. El hombre que atendía me informó que no había leche. Entonces le pedí un chocolate solo y con toda la parsimonia del mundo me informó que tampoco había chocolate. Mario pidió un expreso, pero el compañero le informó que tampoco tenían expreso. A punto de perder la paciencia, mi nuevo amigo colombiano le preguntó qué cosa era lo que tenían y el camarero nos ofreció agua y soda. Nos miramos, reímos un rato y salimos de ahí ahora a sentarnos en la escalinata de la plaza. Cuando eran cerca de las diez de la noche me preguntó dónde me hospedaba. No perdí tiempo y el conté mi situación: me encontraba sin dinero para pagar el alquiler, sin conocer a nadie y sin saber qué hacer al respecto.

Luego de eso me invitó a conocer a su casero. Y a conocer su cuarto que, casualmente, estaba apenas a unas cuadras de donde yo estaba alquilando. Caminamos para ahorrar. A esa hora ya no había posibilidad de una guagua y una máquina no estaba dentro de mis planes. Llegamos a su casa. Nos abrió la puerta un hombre entrado en años, de cabello canoso y escaso. Era sumamente blanco y con unos ojos verdes hermosos. En cuanto me vio sonrió. Abrió la puerta, nos ofreció un lugar en la mesa, puso a colar café y se sentó a charlar. Nos contó sobre su tiempo de combatiente, sus días en la Sierra Maestra, su amor por Fidel y su secreto y actual desencanto por el comandante en jefe. Yo bebí ese café como si fuera la cosa más exquisita del mundo. Él me dijo que yo era un encanto porque eso no era más que chícharo molido, “café de la bodega que sabe a mierda, pero es para lo que alcanza”.

Después de charlar un rato, Mario le dijo que yo tenía que hacerle una petición muy grande. Yo me sonrojé y como en una avalancha de palabras mezcladas con pena, premura y sinceridad, le dije que no tenía un peso, que quería ser escritora y conocer a Pedro Juan y que me dejara quedarme en su casa en el rincón que le sobrara y yo haría la limpieza de todo el lugar a cambio.

El me miró y soltó una risa emocionada. Dijo que yo le recordaba a su nieta y me mandó por mi maleta. Mario me acompañó, le confesé a la amiga de la amiga del conocido mío en México que no tenía un peso. Ella comprendió, casi lloró y me dejó ir. Mario y yo caminamos a la casa de Machado. Cuando llegamos él tenía la cena lista: tostones, más café de chícharo y una ensalada de jitomate. Fue la primera comida del día, así que sentí con mucha intensidad cada grano de sal, cada bocado. Seguimos charlando sobre que él cocinaba, lavaba, aseaba y todo lo necesario de la casa porque eso es ser un hombre hecho y derecho. Así que no tenía que preocuparme de nada. Me enseñó el catre que tenía para mí y me aconsejó anunciar a toda voz cuando fuera a usar el baño porque no tenía cortina y no querían cometer una indiscreción pasando por ahí cuando estuviera yo bañándome.

Esa noche dormí a pierna suelta. Estaba cansada, agradecida y muerta de miedo. No sabía si podría encontrar a Pedro Juan…

En la mañana me despertó el olor del café. Era Machado preparando un desayuno. Nos brindó café y un trozo de pan de la libreta. Después de eso nos mandó a “andar La Habana” y nos despedimos los tres. Mario me dijo que yo hiciera lo que quisiera, que si me perdía por la ciudad le preguntara, me enseñó dónde comprar ron, cigarros y comida para el medio día. Luego se fue. Yo me quedé sola, en la calle 23 y H, mirando a dónde podría encontrar lo interesante de la vida tan temprano.

Después de tanto tiempo recuerdo esos días y se me eriza la piel. Desde aquel 2011 a la fecha he vuelto a La Habana muchas veces; me quedé a vivir allá también un tiempo. Luego conocí un habanero lindísimo con quien tuve un romance muy divertido que terminó cuando entendí que iba en serio; a veces nos hablamos o nos escribimos para contarnos cómo va la vida. Aquella vez, finalmente, entrevisté a Pedro Juan Gutiérrez en al hotel Inglaterra en La Habana Vieja. Era un 24 de noviembre. Charlamos durante horas hasta que se oscureció todo. Me regaló Morir en parís, y firmó mi Trilogía Sucia de La Habana. Anduvimos por unos parques, luego caminamos por el malecón. Llegamos a su casa, aquel departamento frente al mar, me pidió que no revelara dónde porque ya había muchos extranjeros tocando a su puerta y perturbando su tranquilidad. Nos despedimos con un fuerte abrazo. Nos tomamos una foto fallida juntos. Ninguno de los dos sabía domar a la cámara esa que conseguí prestada. El malecón estaba muy oscuro. El flash quemó la imagen. Pero el olor a salitre, las olas rompiendo en barda, nosotros charlando porque sí, yo sintiéndome escritora… todo eso perdurará más allá de la instantánea que apenas y deja ver una silueta en ella. Nueve años después vuelvo sobre la Trilogía y unas líneas me hacen recordar aquel viaje: Escribo para pinchar un rato y para obligar a otros a oler la mierda. Así aterrorizo a los cobardes y jodo a los que gustan amordazar a quienes podemos hablar[1].

A Machado le escribí un par de cartas, le mandé unos euros cuando pude tener un poco de dinero extra. Nunca más lo volví a ver. A veces creo que el amor es eso, aquellos instantes que van construyendo la vida, lo que nos hace vibrar aún en el recuerdo. He amado profundamente el mar desde que era niña y todo lo que me regala siempre, los momentos que enmarca, incluso los nortes, las tormentas que todo arrasan.


[1] Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de La Habana. p. 85.

Sueño de una noche de pandemia

A las 4 de la madrugada terminé el trabajo pendiente. Apagué la computadora y me fui a dormir un poco. Necesito descansar unas horas para recomenzar la jornada. El exceso de pendientes, las clases de mi hija y la nula capacidad de concentración que me ha acompaña me han hecho mudar mi productividad a la noche y la madrugada.

Por las mañanas el tiempo se va como si existiera una fuga en aquello que lo contiene. Apenas alcanzo a hacer el desayuno, a arreglar un poco la casa y recoger lo que ha quedado desarreglado del día anterior. Luego de eso es casi la hora de comer. El ciclo se repite. Logro comenzar con el trabajo alrededor de las 6 de la tarde. Es curioso como en este encierro logro saber exactamente en qué día estoy. No pierdo la brújula de los días, acaso se me extravía las horas.

A las 9 de la mañana escuché entre sueños que mi hija estaba en la cocina hurgando en el refrigerador. La oí decir que tiene hambre. Me desperté, traté de hacerlo rápido pero el cuerpo no me respondió al mismo ritmo. Cuando tuve puestos los tenis y estuve lista para dirigirme a la cocina, ella ya estaba de nuevo en su cuarto. Entré a saludarla. Le dije que escuché que tiene hambre. Ella me dijo que me veo muy cansada. Me senté junto a ella en su cama y le conté que me acosté muy tarde, que dormí 5 horas y que no entiendo por qué no me resultaron suficientes. A medida que estoy hablándole me voy acomodando junto a ella. Le dije que tenía frío. Me puse boca abajo sostenida de los codos y antebrazos a la altura del pecho. Ella comenzó a decirme que también tenía sueño, hambre y también ganas de seguir durmiendo. Luego me contó sobre una caricatura que vio. Su charla se va perdiendo a lo lejos, apenas sentí dar un parpadeo y dejé de escucharla.

Después de aquello me vi en un supermercado sosteniendo un cubrebocas con la mano derecha y buscando un precio detenidamente en un anaquel. Miré a mi alrededor, se veía poca gente caminar por los pasillos de aquel lugar. Me di cuenta que sostenía el tapabocas con la mano y me asusté. Intenté ponérmelo y en cuanto lo hice comencé a jadear. No podía respirar. Tenía miedo. La presión en el pecho iba aumentando. Sentía que con cada inhalación me agotaba. Un par de guardias de seguridad se acercaban a mí. Estaban a punto de llevarme presa porque había violado la normatividad sanitaria y andaba por ahí sin protección. Les expliqué lo que sucedía y nuevamente me percataba que aquella cosa estaba en mi mano. De nuevo miraba las ligas colgando entre mis dedos, la forma enconchada blanca con un número N95 grabado en un costado. El guardia estaba armado. Fue entonces cuando supe que no era un guardia cualquiera. Se trataba de un militar, armado hasta los dientes. Yo le explicaba que mi hija tenía hambre, que yo no podía respirar, que el pecho me dolía de una manera continua. Mientras explicaba todo caí en cuenta de que eso solo podía significarse que estaba contagiada. El militar me tomó del brazo, me explicó que tenía que llevarme a otro sitio. Ambos sabíamos que no era seguro para el resto de las personas que yo continuara ahí. No opuse resistencia. Me pregunté varias veces cómo me había contagiado, dónde; repasaba mis medidas de seguridad una y otra vez y al mismo tiempo pensaba en mi hija. Quería despedirme, decirle lo mucho que la amo, disculparme con ella porque le había fallado. Ya no podría volver a casa. Todo sucedía tan rápido. No había dado ni unos pasos en compañía del soldado aquel cuando llegó a mi cabeza la incuestionable idea de que sólo tenía un par de horas de vida. Lo siento tanto, hija. Me repetí en silencio. No podía llorar de la conmoción. Me faltaba el aire. Me dolía tanto el pecho. No lograba siquiera entender lo que estaba pasando. Cada vez era menos posible respirar, con cada intento sentía más dolor, menos aire llegaba a mis pulmones. El llanto había quedado imposibilitado. Quería aguantar lo más posible. Extender ese par de horas de la sentencia en mi cabeza.

De pronto, el gato saltó a la cama. Logré reaccionar. Levanté la cabeza. Me había quedado dormida apenas unos minutos. La posición de mis brazos apretaba mi pecho, me sofocaba. Me vi junto a ella, en su cuarto, en nuestra casa. Tomé unos segundos para entender lo que había sucedido. Ella me miró y me dio un beso en la mejilla. Me había puesto una frazada porque vio cómo me fui quedando dormida. Sonrío. Me levanté a preparar el desayuno, mientras lo hacía no podía dejar de temblar, de comprobar que podía entrar aire en mis pulmones. Guardé silencio durante todo el desayuno.  ̶ ¿Qué tienes, mamá?, me preguntó e indagaba mis gestos con su mirada.  ̶ Nada, creo que sigo teniendo un poco de sueño, le dije mientras pasaba la mano sobre mi pecho.

IX

Encuentro una nota en un libro,
es un mensaje que dejaste años atrás
y que nunca había leído antes.

Tu caligrafía me recuerda tu nombre y tu sonrisa.
Éramos felices.
Busco en tu escritura cada instante a tu lado;
se dibuja en mi memoria la poesía,
los aeropuertos vacíos,
la escalera invisible,
la mujer que fui,
el mapa de tu pecho.

[No sé dónde estás]

En esta hora solitaria,
a las cero diecinueve,
un jueves antes del fin del mundo…
te recuerdo.

Foto: @libelulasobreacuarela

VIII

Escribo cartas que no son de amor,
porque nunca he tenido claro lo que es.
Escribo cartas cuya dirección postal no existe
[Ya se han extinguido los buzones].

Escribo a lápiz como acto disidente,
para perderme entre el trazo y la huella del grafito;
entre el pensamiento y la palabra.

Es este añejo pasatiempo que me ata a la cordura
y la templanza en el encierro.
Me escribo para encontrarme en un reflejo
y habitarme en compañía de todas las que he sido

Me escribo para salir de este laberinto…

VII

He de besarte para vencer el ruido,
pero también para hacer silencio, una pausa,
para gozar un instante de presente.

He de besarte como un acto insurgente
ante la prohibición y el aislamiento,
para no olvidar mi naturaleza,
para que tampoco olvides la tuya.

He de besarte ahora
porque nadie sabe lo que pasará después;
porque el mañana quizá sea clandestino.

He de besarte ahora
para sentir tu boca en mi piel en lo que termina el tiempo;
también para curarnos del miedo
para tener un asidero…
un comienzo en medio de este final.

He de besarte a pesar de que nuestros labios
sean la metáfora del contagio y de la muerte.

Fotografía: anónimo

VI

Es domingo del fin del mundo.
No tengo hambre, ni frío, ni sueño.
Deambulo por los recovecos de mi mente,
entre preguntas jamás resueltas, en silencio.
Busco en mis recuerdos alguna plegaria, un rezo,
la letanía que mis abuelas me enseñaron…
[Olvidé].

En este día, en esta hora, ella busca mi regazo.
Beso su mejilla,
[Entre nosotras el lenguaje del amor también habita los silencios]
acaricio su cabello, le canto una canción de cuna.
Sonríe.

La ventana nos separa del viento, de la vida, de cualquier contagio.
La tibieza de su llanto me conmueve.
Pido perdón por traerla a un mundo que se acaba.
Ella duerme y me doy permiso para el miedo.
Y la piel [esta piel]
extraña incluso lo que antes no hizo falta.
Me siento consternada,
pienso que el final se ha dejado suspendidos…

V

El fin del mundo está aquí,
a la vuelta de la esquina,
en la fila de las compras,
en la panadería,
junto a mí en el transporte.

El fin del mundo llegó mientras ponía el cerrojo en mi puerta,
al momento de mirar la calle a través de mi ventana.
Llegó y todavía no se me acaba el deseo,
las ganas del beso contenido, la necesidad del abrazo;
el deber de proteger a mi hija, de enseñarle de supervivencias.

El fin del mundo ha llegado y ahora, más que nunca,
es necesario no dejar de tocarnos.
que el verbo tocar mute de significado,
que contemple la sonrisa lejana,
el consuelo de la charla, la contemplación a través de la pantalla;
que implique las entrañas, el corazón, el llanto.

El fin del mundo ha llegado para llevarse la normalidad que nos aplasta,
pero nos queda el amor… para volver a empezarlo.