Después del amor

Hace unos días escuché una canción a lo lejos, mientras caminaba de regreso a casa. Mi camino después de entrenar un rato es tranquilo; se trata de una avenida principal transitada, una estación del Metrobús, mucha gente pasando. Es un camino que invita a la contemplación; en general me agrada ese paso tan cotidiano. “Las piedras rodantes” sonaba en un altavoz. Inevitablemente pensé en mi primo hermano. Era su canción favorita. Yo aprendí de memoria la letra hace muchos años, quizá más de veinte, sólo para cantarla con él. Intenté tararear algunos versos y después detener el sentimiento, como siempre que la escucho, pero esta vez no lo logré. Me encontré ahí, llorando en el camino tranquilo y amable que transito a diario, mientras intentaba seguir el “turup tuturu, tururú” del coro final.

El llanto no se detuvo. Quise explicarlo, porque intento razonarlo todo, diciéndome que estaba emotiva por tanto estrés. No es verdad. Cada que escucho esa canción se desencadena en mí el recuerdo de él, de Carlos. Y pasa sobre mí como una cascada que a veces moja con una pringa, y otras, empapa con el torrente de memoria.

Carlos murió cuando yo tenía apenas dieciséis años. Él tenía escasos diecisiete. Recuerdo la noticia como si fuera ayer. Yo vestía el uniforme de la preparatoria. Llevaba una falda color beige y una blusa blanca. Llegaba con mi madre y me disponía a acomodar unas cosas en una vitrina que me encantaba tener ordenada. Ella me pidió que me acercara porque tenía algo que decirme. Yo no quería tenerla cerca. De adolescente no tenía una buena relación con ella y no me apetecía el contacto con mi madre. Le contesté con una mueca de fastidio y ella soltó la bomba: Carlos murió. Mi respuesta inmediata fue un “¿Qué?”. Ella repitió la noticia antes de que pudiera entender lo que había salido de mi boca apenas un instante atrás. Mi llanto salió a mares. No me pude controlar y fui yo quien busqué su abrazo. Grité y lloré y me atraganté con mis lágrimas, mi saliva y mis fluidos nasales. Balbuceaba diciendo “él era mi hermano” una y otra vez.

Mientras el llanto corría por mis mejillas repasé cada momento de mi día. Recordé el camino a la preparatoria que también me embelesaba. La loma que debía bajar para llegar a casa, el ruido de la gente y los autos, el calor, el paisaje de media tarde. Recordé la sensación del aire en mi rostro cuando iba bajando esa loma y la calidez de los últimos rayos del sol. Durante semanas repasé esos recuerdos buscando el instante de mi día en el que él había fallecido.

Su funeral transcurrió como todos, entre llantos, rezos, lamentos, flores, el panteón y el crematorio. Yo vestía totalmente de negro. Cargué su urna aún tibia de regreso a casa. Lloré durante mucho tiempo. Él era mi ídolo, mi referente contracultural, la voz de los adolescentes de nuestra familia (que solamente éramos él y yo) oprimidos por la horda de adultos abusivos del clan. Hasta hace no muchos años pude entender que lo admiraba. Su compañía me hacía sentir menos solitaria, pues, aunque tengo dos hermanas, los tantos años de diferencia siempre me hicieron sentir más su nana que otra cosa.

Él me enseñó a conducir a escondidas, a fumar también a escondidas, a ser altanera y a decir cosas incómodas en el momento preciso. Yo quería ser como él. Pero también quería ser él y dejar de ser yo. Porque yo era niña, con todas las limitaciones que eso conllevaba en mi familia. Aún lloro de vez en cuando al recordarlo; pero ahora mi llanto tiene otras dimensiones. Se agregan nuevas conmociones a medida que pasan los años. Su padre, quien se había divorciado de mi tía mucho antes de que Carlos muriera, se hizo un poco mi padre. Ambos nos necesitábamos en esa época de nuestras vidas. Luego, él también murió. Mi tía creo que enloqueció un poco más. No he sabido de ella en años. Encontró refugio entre las hijas de su hermana. Nunca volvió a casarse ni he sabido que tenga más compañía.

A veces pienso que la muerte de Carlos fue como el efecto mariposa de toda nuestra familia. Continuamente me pregunto qué habría sido de su vida; así que construyo una hipótesis que parte de lo que ha sido la mía. También me planteo otras historias para mí si él no hubiera muerto. Pienso que, de haber seguido con vida, su padre, quien fue un poco mi padre, tampoco habría muerto, y que seguiríamos con vida los tres y jugaríamos dominó cubano los sábados hasta entrada la madrugada.

Pero la realidad es otra; ellos han muerto. A mí me quedó el gran vacío de su ausencia que aún en mi vida adulta duele; también quedó la falta de los hombres que admiraba y que dejaron un espacio que no se ha vuelto a ocupar por nadie jamás. Quizá mi manera de protegerme de eso que queda después de tanto amor fue volverme sumamente exigente, poco tolerante y mucho más solitaria. También me he preguntado en numerosas ocasiones qué fue eso que se rompió en mí con aquellas muertes.

Ahora que he sido madre, me he preguntado sobre el dolor de mi tía al perder a su hijo y entiendo la muerte de Carlos también como la muerte parcial de sus padres. Hace apenas un mes, un compañero de la secundaria de mi hija falleció de leucemia al igual que mi primo. Yo no pude decir demasiado. La madre del niño recibió los mensajes de consuelo, las oraciones, las flores virtuales del chat de padres. Yo no pude escribirle nada porque en cada intento por redactar un mensaje solo podía escribir “intenta no enloquecer”. Sé que quizá ella no me habría entendido en medio de tanto dolor, así que me di por vencida y guardé silencio. Cuando ese pequeño falleció, Carlos volvió a mi recuerdo desde otra perspectiva. Nunca había escuchado la voz que se queda y carga con el peso de la muerte, la voz de la madre, la voz de mi tía. Fue entonces cuando me di cuenta de que eso que se siente, además de la ausencia de quienes mueren, es lo que queda después del amor. Y eso que permanece es la otra cara del amor, la parte que se hace interminable, que duele, que nos hace guardar silencio, atragantarnos con el recuerdo que pocos, o ninguno de quienes se encuentran ahora, pueden entender; esa es la parte del amor de la que no nos recuperamos, que nos deja a punto del desquicio (porque hay mucho de locura en la construcción imaginaria de lo que habría sido); es un amor que deja de tener reflejo, que se vuelve infinito con la muerte del otro, que se ejerce en solitario.

 ¿Cómo se vive después del amor? Pienso que ese es un descubrimiento que se hace todos los días. A veces imagino que se trata de un recorrido que debe realizarse a través de la contemplación, como si se tratase de un peregrino jacobeo que descubre en cada paso los límites de su fe; porque, para seguir viviendo después del amor, estoy segura de que lo más necesario es la fe. 

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