Inventario

La taza. El mantel individual sobre la mesa. El encendedor, el cigarrillo.  El silencio. Hago un recuento del instante en el que estoy. Del presente. Mi presente. Intento centrarme en el teclado para continuar el inventario, pero el silencio se rompe con los gritos del gasero. El presente tiene como cualidad que nunca permanece. Se esfuma y dura apenas un suspiro. ¿Qué cabe entonces en el presente? ¿Siquiera un pensamiento?

Me siento a tejer y mi presente se hace un poco de estambre enlazado a unas agujas; en cada presente se hace una puntada; las puntadas se suman hasta formar una sección de una bufanda. El presente se hace una sumatoria y se convierte en pasado. Mi bufanda será pasado representado por las puntadas que mi abuela me enseñó. ¿Cómo vivir en el presente?

                Hace unas semanas leía sobre la importancia de disfrutar el presente. La lectura ponía ejemplos que me parecieron muy claros. Señalaba que continuamente vivimos pensando en lo que vendrá o que permanecemos atorados en lo que fue. Recordamos constantemente lo que nos duele, lo que no hicimos bien, lo felices que fuimos antes. Hacemos planes para el futuro, para comer algo delicioso el fin de semana, para las vacaciones que se aproximan. En ambos ejemplos no se encuentra el presente ahí. El pasado o el futuro nos atrapan. El presente se esfuma mientras permanecemos embelesados en lo que no existe. No existe el pasado porque ya no está. Tampoco el futuro porque no ha sido aún. Sin embargo, disfrutar del presente se torna complejo cuando la vida misma exige que el futuro sea atendido mediante proyecciones, cálculos, prospectivas que nos permitan organizar la compra en el supermercado, darle tiempo a la diversión, entregar una propuesta de trabajo, administrar los ingresos monetarios o planear las citas médicas.

¿Cómo vivir el presente cuando el futuro es donde se encuentran las respuestas? O eso es lo que nos dice todo el mundo. Los médicos, por ejemplo, toman muestras de sangre y las envían a examinar para, en el futuro, dar un diagnóstico o una hipótesis sobre el padecimiento. Los tratamientos se ingieren, se aplican, se siguen al pie de la letra y es en el futuro cuando se sabrá si han funcionado, si han sido efectivos, si salvarán al paciente. Específicamente en un trance médico es cuando el presente se hace el instante más difícil de atisbar. La espera del diagnóstico es lo que más hace viajar al futuro o indagar en el pasado sobre cualquier indicio que se dejó pasar; o buscar, también en el pasado, al responsable de la situación presente, del padecimiento.

Las hipótesis al respecto se vuelven incontables, creativas y hasta esotéricas. Preguntas que rondan la mente todo el tiempo como “y si hubiera ido al médico antes, si no hubiera bebido tanto café, si la genética no me salva, si esto es un castigo por mi insensatez…” No hay realmente una repuesta concreta. Las razones por las cuáles se padece alguna enfermedad no existen, no son razones concretas o absolutas; son hipótesis para no enloquecer, son ideas para perder el tiempo.

Hace un par de meses me topé con una historia que no he logrado descifrar. En realidad, no hay mucho qué descifrar. Era una mujer esperando una consulta en un hospital. Cargaba algunos papeles que describían sus síntomas, padecimientos y el historial de hipótesis que diferentes médicos habían descrito. El más reciente hallazgo les permitía decir que la paciente presentaba una neoplasia en el ovario izquierdo. Requerían una biopsia para descartar cáncer.

Ella intentaba sonreír; entender que se trataba de un procedimiento de rutina. “Lo primero es descartar lo peor”, me dijo con una sonrisa llena de miedo. No hablamos demasiado. Se quedó seria durante un rato mirando el vacío. Luego me preguntó sobre mí. Le dije que únicamente era una acompañante para una vacuna de rutina. Ella iba muy arreglada y sola. Me dijo que se ponía más nerviosa si alguien le hacía compañía. También me contó que no quiere hablar con nadie al respecto. A las pocas personas a quienes les había comentado, ahora la asediaban con preguntas, con frases de motivación, con demasiados remedios y trucos para estar mejor. Ella quería llorar todo el tiempo y no podía darse el permiso de hacerlo sin que algún bienintencionado se acercara a consolarla. A veces no se necesita consuelo, sino privacidad para derrumbarse a solas, para dejarse sentir lo que sea que se quiera sentir. Ella me dijo que necesitaba tiempo para “sentir su presente enfermo”.

La palabra enfermedad me resuena aún cuando la pronuncio. Me enchina la piel después de aquella charla. Me pregunto si la mujer logró o logrará entregarse a su presente, si podrá asumir su vulnerabilidad y sus miedos en privado, con dignidad. Porque cuando un hombre llora, el mundo le da su espacio, se le permite hacerlo en privado, se le da tiempo para que procese el llanto, porque el llanto de un hombre es cosa seria; se le deja en paz para que lo derrame y lo seque sin que nadie intente reconfortarlo; porque, a veces, no es necesario el socorro. Y esto último es verdad. No siempre sirve socorrer a las personas de su propio miedo, de su dolor o su llanto. Muchas veces, ellos se están salvando a sí mismos a través de su aflicción, de saberse vulnerables.

Me despedí de ella. Le recomendé un libro sobre asesinos seriales. Pensé que hablar de cualquier cosa sería mejor que desearle suerte o una pronta recuperación. Ella pudo reírse por mi ocurrencia y su carcajada fue genuina, libre de preocupación y llena de presente. Desde ese día me he hecho el propósito de ejercitar mi capacidad para mirar el instante actual. Así que hago inventarios de lo que hay en él. Y lo observo en silencio. Siento que una forma de honrarla es dejándome envolver por mi presente.

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