Mis días en la prisión, el rock y algunas reflexiones sociológicas al respecto

Escribo de la prisión, con ella anidada en el corazón.
Escribo de ella y para ella. Para ellos, quienes la habitan.

Desde hace un mes he tenido la posibilidad de incursionar en la docencia en reclusión. En la Ciudad de México únicamente existe un programa de educación superior en centros de reclusión. Pertenezco a esos pocos individuos que van de una prisión a otra impartiendo algunas materias de la licenciatura en Derecho; una de las más demandadas, por obvias razones, en estos centros. Desde el primer día que ingresé, lo hice con todo en contra. No estaba listo mi oficio de ingreso, no logré contactarme con el responsable del programa quien se suponía me acompañaría durante las primeras tres o cuatro clases, no tenía material de apoyo, y cuando estaba a punto de retirarme a casa y reportar los tropiezos que impidieron mi entrada, recordé porqué estoy en este proyecto, cuál es mi propósito y la naturaleza de mi ejercicio docente. Así que hablé con cada guardia disponible, ellos a su vez preguntaron a través de sus radios para preguntar si existía tal oficio, quién lo tenía y si mi nombre se encontraba en la lista. Durante la espera llegó una mujer a quien escuché decir que también ingresaba al centro escolar del reclusorio. Justo cuando ella estaba por entrar, me dieron la noticia de que podía entrar porque, efectivamente, mi nombre apareció en un oficio que informaba mi ingreso al plantel para impartir una materia. Me acerqué a la mujer y le pregunté si podía irme con ella. Ella accedió gustosa y me guió durante el trayecto; me explicó el “teje y maneje” del acceso, el camino, los tips para agilizar el ingreso, etc. también me contó que era docente de primaria y secundaria y que ese era su último día en el “reclu norte”. Agradecí profundamente que hubiera estado ahí. Llegamos hasta lo que se conoce como “el kilómetro”, un pasillo que conecta todas las áreas del penal y que mide justamente eso. Al inicio del pasillo, unos cuantos reclusos me llamaron por mi nombre y se presentaron con toda propiedad y respeto. Me informaron que eran mis alumnos y que estarían cuidando mi ingreso y salida a ese pasillo durante todo el semestre. Después de un considerable retraso, inicié la clase.

Mi cosa favorita en el mundo, lo que más me maravilla, lo que amo y siento como una frazada en la piel cubriéndome en invierno, es lo que sé enseñar. El lenguaje para mí ha sido, a lo largo de mi vida, refugio, inspiración, evolución, sostén. Así que llego a todas las clases que imparto con la firme convicción de hacer lo mejor posible y de no claudicar. Entonces, inicié la explicación sobre la materia, para qué sirve, por qué es importante reflexionar sobre el lenguaje, cómo es que funcionaremos en grupo para cumplir con las evaluaciones que nos pide el programa, etc. El tiempo de la sesión pasó como agua y yo no me di cuenta. Uno de ellos me indicó que era la hora en la que debía iniciar el proceso de salida y pasar por todos los controles indicados. También me dijo, “no es que quiera que su clase termine, pero es que después de las seis, salir del reclusorio se hace un proceso casi imposible”. Rápidamente cerré el tema, levanté mis cosas y me despedí de ellos.

                Las siguientes sesiones hemos transcurrido sin ningún tipo de percance. Ingreso cada semana al penal con emoción porque sé que encontraré un grupo de más de veinte hombres que están esperando para debatir el tema, para hacer preguntas y resolver sus dudas, para entregarme sus trabajos pendientes, para conocer y saber más sobre el lenguaje, para pensar, entre todos, el mundo de afuera, desde dentro. Nunca, en mis doce años como docente, me había topado con un grupo tan entusiasmado por su aprendizaje, tan involucrado con lo que estudian; pero también es cierto que su situación no es la común de un educando; agradezco profundamente tenerlos como alumnos.

                Sé que, para muchos, la educación en reclusión resulta innecesaria, una actividad que “les da” una tajada más grande del erario a la “escoria” que se encuentra en las prisiones. Sin embargo, la educación es un derecho constitucional que no se puede negar a nadie por duro que esto nos resulte, por mucho que nos pese aceptarlo como sociedad. Y para quienes amamos el papel de la docencia y lo tenemos como convicción, debemos no solamente defenderlo, sino asumirlo de manera activa, haciendo llegar a quienes quieren educarse, todo lo necesario para que puedan lograrlo.

                Marc de Maeyer, fundador de la División de Estudios Carcelarios de la Unesco, en una interesante entrevista realizada por David Amaya Alfonso, mencionó que una de las formas en las que podemos incidir de manera positiva en las poblaciones en reclusión es a través de la educación, pero no solamente desde la educación de aulas, sino desde todos los espacios de la vida cotidiana. Percibe a la educación no como un medio para cambiarlos, sino como un procedo de aprendizaje; no asumir que quienes estamos “afuera”, tenemos cierta superioridad moral y con base en ella podremos cambiar a los presos. El reto está en que sea la educación su medio para aprender a aprender, para la apertura mental, para alterar el estado del conocimiento que tenían antes de llegar a la prisión y quizá, como mencionaba Paulo Freire en La pedagogía del oprimido, detonar un proceso de liberación[1] a través del propio reconocimiento de su situación actual.

En estos días he recordado mucho una playera que un primo hermano mío usaba con frecuencia pese a las críticas de sus padres y de la familia en general. Su prenda favorita era blanca y decía con letras grandes y negras: Somos el producto de la sociedad. Y firmemente creo que la gente en reclusión es justamente el producto de nuestra sociedad y que los de afuera no estamos libres de ninguna culpa o responsabilidad al respecto. Mi manera de honrar la memoria de mi primo es haciendo la parte que me toca no solamente dentro de un campus universitario, sino dentro de la prisión. A las pocas personas que les he contado de mis clases en el RENO les asombra y me hacen preguntas como ¿no te da miedo, cómo le haces, no te dicen cosas horribles? O expresan su sorpresa con la típica frase ¡qué loca! Y eso también me hace reflexionar sobre qué es aquello que nos hace sentirnos humanos y negarle esa misma condición de humanos a otros; y sobre la doble moral con la que juzgamos a unos y nos disculpamos a nosotros mismos.

¿Qué nos separa de un recluso? Desde mi perspectiva lo único que nos hace distintos es cuestión de tiempo. Pienso en las mujeres que hemos vivido violencia de género en casa, en las veces que defenderse se percibe como cosa de vida o muerte. También pienso en quienes han perdido a sus hijos por algún hecho violento y las ganas que, humanamente, tendrán de acabar con la vida de quién mató, desapareció, ultrajó a sus hijos e hijas.

Pienso también en la creciente violencia que vemos cada día en el transporte público, en las avenidas, en las escuelas. La violencia normalizada en los actos cotidianos, en los pensamientos diarios de tantas y tantas personas. Tan solo hay que asomarse a los comentarios en las noticias de los periódicos en línea o las reacciones de los usuarios de redes sociales con respecto a casi cualquier tema. Vivimos en una sociedad de potenciales homicidas, tan es así que el CIESAS (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social), acaba de anunciar un estudio sobre la relación entre los discursos de odio (misóginos) en las redes sociales y la incidencia, en este caso específico, de feminicidios en cada entidad federativa del país[2].

Ese pensamiento cotidiano reflejado en el lenguaje es la manifestación de una violencia que está ahí y que crece a diario, aunque queramos mirar hacia otro lado. Así que no estamos alejados de ser como ellos, los de adentro.

Seguramente habrá muchos que dirán, con una enorme suficiencia moral, que no son iguales a un preso. Ese pensamiento con el que se arrebata la calidad de ser humano a otro es, en sí mismo, un hecho violento y una incitación al odio. Paul B Preciado, filósofo español, dice que cuando alguien no percibe socialmente la violencia es porque la está ejerciendo y porque sus propios privilegios le impiden mirarla[3].

Como buena rockera, me viene a la mente una canción que puede ser el perfecto soundtrack para esta reflexión, “Él no lo mató”[4], de Luis Álvarez, el Haragán mayor, donde narra la breve vida de un chico de diecisiete años que es asesinado en su primer asalto y donde el cantante reflexiona que no lo mató un policía, sino el sistema, la estructura en la que vivimos, su contexto…o en palabras de Bourdieu, su muerte fue producto de la reproducción social en la que estamos inmersos y que perpetúa que la realidad sea como la conocemos, que asegura la continuidad del establishment.

Es así como, cada viernes, me presento muy agradecida de poder servirles a ellos, quienes, a través de su propia educación, me permiten vivir en servicio. Ellos no son “los otros”, son quienes son, con su historia, con su precio a pagar por sus elecciones y eso aplica para cualquier persona, ya sea que habite dentro o fuera de un penal. También me permiten estar en servicio y reconocer mi condición de clase, misma que tampoco me aleja de ellos, por el contrario. Me asumo como parte de la clase trabajadora que, como es común en esta estructura, es la más vulnerable tanto a padecer la violencia como a la reproducción de esta. No hay que olvidar que el sistema judicial mexicano deja mucho que desear en cuanto a la transparencia de sus procesos; es sabido que la justicia tiene un precio alto, que se encuentra al alcance de los que pueden pagarla. Pensemos en los casos donde los ricos y poderosos han pisado una prisión y en cómo las condiciones sociales no son las mismas para ellos que para la población restante. Políticos, narcotraficantes o personajes famosos no sienten “el peso de la ley” del mismo modo. Elba Esther Gordillo y su supuesto arresto, privilegiado en cada paso en todos los sentidos; Raúl Salinas de Gortari y su posterior liberación mal maquillada como parte de un trato político; Sandra Ávila Beltrán (La Reina del Pacífico) y sus celdas tipo resort en las que fue prisionera, etc. por tales motivos no me fiaría del pensar popular que dice “por algo estarán en la cárcel”, porque se ha demostrado a lo largo de la historia de las prisiones en México y en el mundo, que hay muchos inocentes adentro y un sinnúmero de culpables fuera de ellas. Fiodor Dostoievski decía que “el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”. Este escritor narró su experiencia en reclusión en Siberia y señala que los horrores de la prisión no son el medio necesario para la reinserción social que, supuestamente, tienen como misión las cárceles. Son, por el contrario, un caldo de cultivo para la degradación humana. Involucrarnos en el resultado que exigimos de ellas implica la congruencia de nuestros pensamientos al hablar de las prisiones. ¿Cómo exigirle a un preso que “aprenda la lección” cuando se le niegan las condiciones humanas necesarias para la vida y, por en ende, para el aprendizaje y la educación?

Cuando imparto mis clases, me dirijo a los reclusos como “compañeros”, igual que a los alumnos que atiendo en el plantel universitario, porque estamos juntos en la elección de aprender y enseñar, con cada día de escuela, en cada espacio de la vida cotidiana. Este texto es únicamente parte de la reflexión constante que me acompaña en mi labor académica, seguramente hay mucho más que decir y que analizar al respecto. Por lo pronto, aseguro que escribiré más sobre esta experiencia que ya puedo sentir como una de las más nutritivas en mi vida.


[1] Menciono la liberación como la ruptura de las estructuras mentales que hacen que los modelos sociales se reproduzcan tal y como los describe Bourdieu en su Teoría de la reproducción social.

[2] https://invdes.com.mx/ciencia-ms/cientificos-mexicanos-investigan-la-misoginia-a-traves-de-twitter-para-abatir-feminicidios/

[3] https://www.pagina12.com.ar/202789-me-di-cuenta-de-que-cuando-socialmente-no-percibes-la-violen

[4] https://www.youtube.com/watch?v=BIzPU2OrOk0

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s