Declaración de extranjería

Quise emigrar, marcharme;

llegar a un sitio donde todo enunciado mío

conociese la intraducibilidad desde su origen;

para callar así mi voz, el tormento de mi escritura;

para aferrarme casi distraídamente al nuevo paisaje,

a otros códigos y formas del atardecer.

Decidí huir porque, después de tantas migraciones,

tengo claro que no sé pertenecer;

no poseo patria, ni hogar, ni palabra que pueda contenerme.

Y me sé extranjera en todo sitio, en mi cuerpo,

en las avenidas, en los elevadores,

en la almohada sintética donde recargo cada pesadilla.

Sobrevivo con señalizaciones vagas

que me salvan a diario de todos mis abismos:

“Sonría de cuando en cuando”.

“Salude a los vecinos”.

“Llore antes de salir de casa”.

“Use maquillaje y disimule”.

“Por favor, no caiga al precipicio; se lo ruego”.

Tal vez mi nombre significa Torre de Babel.

Quizá mi lenguaje sea el de las aves.